Hasta hace muy poco, cada vez que alguien planteaba la disyuntiva entre trabajo presencial y teletrabajo no podía evitar pensar en el juego de la soga, esa competición en la que dos equipos tiran de una cuerda desde lados opuestos, tratando de llevarla a su mitad de terreno. Lo normal era que en ese juego fueran los presenciales quienes se impusieran fácilmente a los virtuales, y no porque fueran más fuertes o decididos, sino por más numerosos. Aproximadamente solo un 10% de los trabajos se realizaban, ya podemos decir en aquel entonces, en modalidad remota.


Desde el pasado mes de marzo, sin embargo, muchos de esos participantes tuvieron que cambiar de bando, reforzando al equipo de los hasta entonces residuales teletrabajadores. Desde ese momento cambiaron las tornas y fueran los pocos trabajadores que seguían acudiendo a oficinas, tiendas y fábricas quienes acababan en el suelo, perdidos de barro simulado de la metáfora.

La pregunta que me hago, y que os trasladaba hace unos días en Linkedin, es ¿y ahora qué? Cuando todo esto pase, ¿de qué manera afrontaremos el trabajo en la nueva etapa que se abra? ¿Retornaremos masivamente a nuestros puestos físicos como si todo hubiera sido un mal sueño o, por el contrario, seguiremos actuando desde nuestras casas, una vez que empresas y trabajadores hemos descubierto sus ventajas?


En mi opinión, el juego de la soga dejará de plantearse como una competición entre bandos, y todos los participantes jugarán en el mismo equipo y tirarán de la misma cuerda en una misma dirección. Solo que lo harán indistintamente desde la sede física de la empresa, desde lo presencial, o desde otro lugar, en virtual, de forma remota, en función de las circunstancias de cada momento, en un modelo híbrido y ultra flexible.

La tecnología necesaria para que esta nueva realidad sea posible ya existe, y gracias al curso acelerado que han supuesto las distintas etapas de confinamiento, también sabemos utilizarla. Pero hace falta algo más, hace falta un cambio de mentalidad. Un nuevo ‘mindsetque comprenda las posibilidades de la multicanalidad en las relaciones humanas en general y abrace sin miedo la disrupción y la velocidad de adaptación a tecnologías que están por llegar y que aun ni somos capaces de imaginar.

En la convivencia entre estos modelos, de forma híbrida, además, cada modalidad de trabajo va a redefinir su identidad. La presencia volverá, y con ella sus ventajas en términos de cercanía y humanidad. Pero lo hará de un modo más sostenible y justificado. Ya no será una opción indiscriminada y controladora, como estábamos acostumbrados, sino una que encuentre su razón de ser en aquellos contextos en los que esa presencia física constituya por sí sola una aportación de valor.


En cuanto a la virtualidad, dejará de ser un plan B u opción forzada por barreras geográficas. El teletrabajo, las teleconferencias, los webinars, las experiencias con realidad virtual y el resto de modalidades remotas actuales y venideras entrarán en juego en función de su capacidad para maximizar el talento de sus participantes y su eficacia operativa, y no por el hecho de tener a los miembros del equipo deslocalizados en distintos lugares del mundo.

Para una y otra, serán otros elementos como urgencia, rapidez, interactividad, inmersión, contenido, eficacia o la elección personal de cada cual los factores que ayuden a elegir modalidad.

En mi caso, lo tengo claro: Yo escojo las dos.

El modelo híbrido.

¿Y tú?