“Quien mucho abarca, poco aprieta”. “Aprendiz de todo, maestro de nada”.…

Si fuera por estas piezas del refranero español, la Gioconda jamás se habría pintado ni se habrían prefigurado los antepasados de la escafandra o el helicóptero. Y es que la vena polifacética que caracterizó a Leonardo Da Vinci y a sus coetáneos renacentistas de hace 500 años han sido desigualmente apreciadas a lo largo de la Historia. De hecho, hasta épocas no muy lejanas, el profesional más valorado era aquel que era un consumado especialista puro. Todo lo que fuera explorar otros campos ajenos a su materia ‘core’ se consideraba dispersión y pérdida de eficacia.

Por fortuna para el legado de Leonardo, esa idea está cada vez más en retirada, y en estos tiempos de inestabilidad, ‘agilismo’, de cambio veloz y permanente en sentido exponencial, son precisamente los profesionales multitalento los que más probabilidades tienen de alcanzar el éxito.

¿La razón? Como le ocurría al genio florentino, las personas con habilidades interdisciplinares disponen de más herramientas y recursos para enfrentarse a los nuevos desafíos que se presentan cada día.

En los entornos empresariales a estos nuevos renacentistas se les conoce por profesionales “tipo T”.

Un concepto creado por Tim Brown, el ex CEO de IDEO, la compañía estadounidense referente en el campo de la innovación. Brown se vale de la particular forma de la letra “T” para caracterizar visualmente a un determinado tipo de perfil profesional. En esa “T”, el trazo vertical o largo representa la base de la capacitación técnica de esa persona, sus conocimientos específicos. Lo que, en el caso de un abogado, sería su dominio del Derecho, o para un ingeniero sus conocimientos sobre estructuras o cimentación. Mientras que la caperuza o trazo horizontal de la “T”, constituye esas otras capacidades más diversas y generales que no están directamente relacionadas con su especialidad.

Son, precisamente, esos conocimientos fuera de menú los que convierten a estos perfiles en diferenciales y unos de los más demandados en el mercado laboral. Eso no quiere decir que los “T” sean expertos en un área concreta. Lo son. Solo que, además de ese bagaje técnico, estos profesionales presentan una cara “B” o perfil sorpresa que los hace mucho más interesantes.

Ese repertorio de destrezas adicionales puede estar compuesto por habilidades blandas, como comunicación, colaboración, trabajo en equipo, competencias comerciales, etc. También puede nutrirse de conocimientos en disciplinas anexas y complementarias a la principal. En ese sentido, un perfil tipo “T” está muy relacionados con el upskilling o capitación que las empresas están brindando a sus empleados de cara a optimizar su desempeño, es decir, para hacerlos más completos y versátiles más allá del ámbito de su puesto.

Por supuesto, esa parte alta de la “T” está muy vinculada también a competencias digitales. La tecnología es hoy una disciplina transversal y esencial en cualquier tipo de actividad. Y también está muy relacionada con los nuevos modelos de innovación y trabajo ágil, con esa capacidad para iterar continuamente y trabajar sobre la base de la prueba y error.

Como señalo en mi último libro ¿Cómo entrenar la mente? Y aprender de forma exponencial, la “T” representa la amplitud de miras, “la profundidad global de competencias en relación con la necesidad de la organización y del individuo que vive en estado de aprendiz continuo”.

Líderes “T”

A nivel de liderazgo, estos profesionales multitarea combinan la capacidad estratégica y de planificación con una gran flexibilidad para leer (o incluso intuir) los cambios de dirección del mercado. Esto les permite imprimir un golpe de timón al proyecto en función de las necesidades de cada momento. Y es que los “T” ven el mundo en perspectiva, y desde esa posición privilegiada tienen la capacidad para conectar los distintos elementos, buscar sinergias y encontrar apoyos y recursos para paliar sus debilidades.

Las habilidades relaciónales o interpersonales son otro de sus fuertes. Buenos pedagogos, conocen la naturaleza humana, son empáticos y excelentes mediadores de conflictos. En el marco de un equipo de trabajo, se erigen en verdaderos dinamizadores y catalizadores de voluntades alrededor de un objetivo común. No ordenan, inspiran. Hacen y, sobre todo, logran que otros también hagan.

Un profesional tipo “I” (técnico puro) será una gran opción cuando se trata de resolver cuestiones que se hallan en el manual. Pero, ante un escenario inédito o imprevisto (y ahora casi todos lo son), solo un “T” tiene la creatividad y la imaginación suficientes para cerrar el libro y buscar soluciones allí dónde a nadie se la había ocurrido buscarlas antes. Para pensar de un modo desacostumbrado. Y esa capacidad, en los entornos laborales actuales y futuros, es una cualidad de valor incalculable.

A los genios renacentistas del XVI destacar en una sola disciplina se les quedaba corto, y se entregaban sin reservas a explorar todo aquello que despertara su insaciable curiosidad, ya fuera pintura, arquitectura, música o ciencia. Cinco siglos más tarde, unos nuevos y polifacéticos ‘maestros de todo’ recuperan ese espíritu al diversificar su mirada en torno a múltiples intereses como la mejor estrategia para responder a cualquier escenario que se les presente.