¿Cuál es la competencia-habilidad-capacidad que más se necesita en estos momentos en los entornos empresariales? Es la pregunta del millón de dólares. Una cuestión compleja y para cuya respuesta no faltan candidatas: creatividad, flexibilidad, trabajo en equipo, colaboración, digitalización, comunicación, innovación… Todas estas habilidades juegan un papel destacado en las organizaciones en estos tiempos de incertidumbre, y los profesionales que las atesoran son las nuevas estrellas de la empleabilidad. Pero si tuviera que escoger una sola habilidad, una que, además, sirviera para, de alguna manera, englobarlas a todas, tengo claro cuál escogería:  autoliderazgo.

Sí, en esta era de las redes globales, las comunidades interconectadas y el trabajo colaborativo, paradójicamente se necesitan personas con la capacidad para funcionar autónomamente y que sepan tomar sus propias decisiones. Profesionales que aporten valor añadido a sus empresas más allá de lo que indique su job description. Personas que sean inconformistas, curiosas, audaces, que se cuestionen el statu quo y busquen, (…y encuentren), nuevas formas de contribuir al equipo y a la marca. Personas que sumen. En otras palabras, se necesitan personas en las que anide un espíritu intra-emprendedor.

Esa clase de talento es la que permite a las empresas adaptarse a la velocidad de vértigo que exigen los actuales escenarios de cambio permanente, y exponencial.  El modelo del liderazgo único, en el que un líder supremo toma las decisiones y el resto de los mortales las ejecutan, ya no sirve por ineficaz e inadaptado. Primero, por el riesgo que supone dejar todas decisiones de la empresa en manos de un solo cerebro pensante (por brillante y genio que este sea. Y segundo, porque el proceso es demasiado lento y lleno de paradas burocráticas. En el tiempo que le lleva a la empresa completar los muchos checklists con comprobaciones, vistos buenos, revisiones y más comprobaciones, puede que sea demasiado tarde para estar en lo que se tiene que estar: con el cliente.

Como alternativa a ese modelo obsoleto, potenciar el autoliderazgo de los miembros del equipo conduce hacia una super-organización ágil y resolutiva en la que todos tienen la posibilidad y la capacidad para tirar del carro. Y, además, no haciendo cada uno la guerra por su cuenta, sino sumando esfuerzos individuales alrededor de un propósito común. Para lograrlo, la misión del primer ejecutivo sigue siendo fundamental. Ya no para marcar en solitario el camino, como hacía antes, sino para ayudar a los demás a encontrarlo juntos, para potenciar los modelos de liderazgo crossfuncional.

El llamado ownership, o sentido de propiedad, es decir, hacer que cada uno de los profesionales que integran la plantilla sienta el proyecto, y la empresa, como suya, es clave para que una compañía crezca exponencialmente y se prepare para enfrentarse a nuevos desafíos.

En ese germen del autoliderazgo y de la mente intra-emprendedora participan tres elementos fundamentales.

1) Flexibilidad cognitiva o actitud disponible. Consiste en tener la mente permanentemente abierta a lo nuevo. Tiene que ver con una especial sensibilidad y receptividad hacia lo que esta por llegar. La flexibilidad cognitiva es la facultad que permite al profesional autodirigido no sólo relacionarse sin miedo con el cambio, sino disfrutar de su llegada.

2) Voluntad determinativa. Necesaria para conseguir una ejecución excelente y ofrecer la mejor versión de uno mismo en todo momento y tipo de circunstancias. Es la capacidad de trabajar para que las cosas salgan, incluso cuando no salen. Una persona con voluntad determinativa es una persona con visión, capaz de desarrollar un plan, de equivocarse y no venirse abajo por ello. Es una persona que se vuelve a levantar para mejorar y lograr, cueste lo que cueste, que las cosas acaben sucediendo.

3) Agilidad emocional. Ya conocemos las ventajas de poseer una alta inteligencia emocional. Tener agilidad emocional supone dar un paso más y aplicarla a los entornos de trabajo. Llevar la inteligencia emocional a la oficina, al taller, a la fábrica o a la tienda y ponerla a funcionar en el día a día. Consiste en sacar la inteligencia emocional de los libros de psicología y llevarla hasta una dimensión ejecutiva.

Si se ponen estos tres elementos en un embudo, lo que sale por el otro extremo es una buena inteligencia ejecutiva que nos permite dirigir la acción, aprovechando nuestros conocimientos y emociones. Una palanca con la que se consiguen equipos más comprometidos y autónomos, mejores resultados productivos, decisiones más rápidas y efectivas, mayor creatividad e innovación y profesionales más colaboradores y coordinados.

Una palanca que moviliza hacia el autoliderazgo y hacia la mente intra-emprendedora, como primer paso para liderar a personas y organizaciones hacia el cambio que ya está aquí.