Dicen que cada año de vida en un perro equivale a siete de un humano. Llevándonos la analogía a nuestro presente más reciente, podríamos aseverar que para nosotros este año largo de pandemia equivale a siete de los ’normales’ en cuanto a estrés, preocupaciones y cansancio acumulado. Tal vez por eso, la inminencia de las vacaciones de verano, las primeras medianamente parecidas a las que siempre habíamos conocido, serán vistas por muchos como ese oasis que se aparece en medio del desierto cuando la fuerzas están a punto de desfallecer definitivamente.

Eso si las nuevas olas y brotes nos lo permiten.

La perspectiva de ‘desconectar’, tanto digital como laboralmente, de olvidarse durante unas pocas semanas de la rutina de trabajo habitual, de jefes, clientes, problemas y tareas pendientes, es en este año especialmente apetecible y necesaria. Y, de hecho, un cierto grado de desconexión, entendida como una terapia de reencuentro con uno mismo, alejado del contexto habitual del trabajo, es una excelente manera de recargar la mente y el espíritu. Un ejercicio de sana renovación por fuera y por dentro que nos deja listos para los siguientes desafíos.

Sin embargo, que esa desconexión sea completa, es decir, llevarla al extremo del ‘apagón total’, fulminante y sin posibilidad de volver a encender los plomos, además de casi imposible de llevar a la práctica, no es nada recomendable.

Intentaré explicar por qué.

En primer lugar, porque apartar radicalmente de nuestra vida una faceta, la profesional, que constituye una parte muy importante de la misma no tiene ningún sentido. Especialmente si nos gusta lo que hacemos para ganarnos la vida. Nuestra identidad como seres humanos, nuestra personalidad, es la suma de una serie de circunstancias y experiencias que hemos ido acumulando hasta conformar un todo indivisible. Y nuestra profesión forma parte de ese todo. No es posible separar al padre, del músico o viajero, del aficionado por la escritura o del entrenador de ejecutivos y directivos en el mundo empresarial. Son la misma persona. Y lo son tanto mientras se imparte un taller o se da una conferencia, como tomándose un mojito en la playa.

Esto es una realidad.

Otra razón por la que no conviene pulsar el botón de apagado total es porque puede dificultar el regreso. Si en lugar de desenchufarnos completamente de la corriente nos mantenemos en modo ‘sleep’, es decir, encendidos aunque funcionando a un ritmo mucho menor, la vuelta al ritmo normal de trabajo una vez concluya el periodo vacacional se nos hará mucho más llevadera porque ya traeremos un cierto rodaje.

¿Quiere decir esto que hay que dejarse algo de trabajo pendiente para los días de vacaciones? ¡No! Para nada. Ese modo sleep al que hacíamos referencia anteriormente no solo quiere decir trabajar menos, sino también, trabajar ‘diferente’. O más que para trabajar, para ‘pretrabajar’. Y no hace falta dedicarle mucho tiempo.

Unos pocos minutos al día pueden bastar.

El verano es una etapa propicia para prepararnos para la temporada entrante. Para comenzar a planear, tranquilamente y sin la losa de los deadlines y las tensiones del día a día, los puntos fundamentales del nuevo curso. Podemos aprovechar esos días de descanso para ir dando forma en nuestra mente a nuevas ideas y dejar que la creatividad fluya con la libertad que nos otorga el cambio de velocidad que brindan las vacaciones. Es un tiempo para otorgarnos permiso para tener esas ideas descabelladas que durante el año manteneos a raya porque hay otras urgencias a las que atender.

El cambio de escenario y de compañías también puede tener un efecto positivo ya que facilita que rompamos con determinados esquemas mentales que vienen muy marcados por nuestra rutina. Lo de siempre invita a dar con las soluciones de siempre, mientras que lo nuevo sirve de estímulo para encontrar nuevas alternativas.

Conocer a nuevas personas o reencontrarnos con esos amigos a los que solo vemos en vacaciones nos proporciona también una buena oportunidad para dejar que nuevos puntos de vista y experiencias contrasten y refresquen los nuestros. E incluso si, ya sea por azar o de manera deliberada, coincidimos en nuestro destino vacacional con alguna persona de nuestro entorno laboral, el hecho de interactuar con ese conocido en un contexto diferente al acostumbrado, jugando al tenis o tomado un vino en lugar de discutiendo sobre gráficos en una sala de reuniones, renovará esos vínculos, descubriendo a ambas partes nuevas e interesantes facetas de la otra persona.

El tiempo libre que nos regala el verano es también una excelente oportunidad para mantenernos activos y actualizados en nuestra profesión. Esas horas muertas de hamaca y toalla son más que propicias para disfrutar de la lectura de una buena novela. Pero también para indagar en las páginas de ensayos o artículos sobre nuevas tendencias o teorías interesantes de autores de referencia en nuestra especialidad. O para dar rienda suelta a nuestra curiosidad y adentrarnos en nuevos e inexplorados campos que nos llamen la atención y que, quién sabe, tal vez podrían abrirnos un nuevo camino profesional en el futuro.

En definitiva, más que para ‘desconectar’, mi recomendación es que aprovechemos el periodo estival para ‘reconectar’ con nuestra profesión. Porque, además, nunca se sabe, tal vez sea paseando tranquilamente descalzo por la playa o contemplando una puesta de sol, cuando nos surja esa idea genial que cambie para siempre nuestra carrera profesional. O no.

Esto que escribo, lo creo, …aunque yo voy a ir desconectándome ya 😉