Fernando Botella, CEO de Think & Action y autor del libro «Como entrenar la Mente», explica que el talento es la capacidad que tenemos los seres humanos para sobresalir en una determinada actividad y conseguir resultados excelentes en esa disciplina de manera sostenida en el tiempo. Es decir, una persona talentosa no lo es únicamente porque haga algo muy bien, sino porque es capaz de hacer ese algo muy bien a menudo.

¿Se nace con talento o se hace?

Todos llegamos al mundo con unas determinadas capacidades de serie que nos predisponen a avanzar por unos determinados caminos mejor que por otros. Es eso que muchas veces llamamos de manea un tanto vaga ‘vocación’ y que no es otra cosa

que una habilidad innata para hacer algo que nos gusta (en realidad, si nos gusta es precisamente porque se nos da bien).

Pero eso no es verdadero talento, solo es potencial, un punto de partida hacia la larga conquista del verdadero talento. Una vez identificada esa inclinación natural, se necesita mucho tesón y esfuerzo para desarrollarlo. Todos traemos, de serie, un talento que llamaríamos inicial o de partida, pero el talento final es también el resultado del esfuerzo, del trabajo repetido en el tiempo, eso que llamamos perseverancia.

¿A partir de qué edad se puede descubrir en nuestros hijos?

Con dos o tres años ya podemos identificar en los niños determinadas habilidades motrices o cognitivas que destacan y que podemos evaluar por simple comparación. Niños que corren, saltan, dibujan, cantan, se expresan o son capaces de botar una pelota mejor que sus compañeros de la misma edad. Esto no es nada concluyente, ya que cada niño tiene su propia velocidad de desarrollo y siempre los hay más precoces, pero si nos ofrece pistas interesantes que vale la pena seguir de cerca. Nuestra función como padres, también para los profesores es observar, tomar nota, escuchar. Y, posteriormente, desarrollar, alentar.

¿Cómo detectarlo?

Para la detección disponemos de dos herramientas fundamentales: la observación y la pregunta. Preguntar es la mejor vía de descubrimiento de talento que existe, ya que es la que nos permite obtener inputs directos de cuáles son las cosas que interesan, motivan, despiertan la curiosidad o apasionan a nuestros hijos. Demasiado a menudo los padres hablamos a nuestros hijos con afirmaciones, sentando cátedra. El problema está en que desde la afirmación es casi imposible descubrir nada porque ya implícita la solución. En cambio, desde la pregunta, todo permanece abierto y las posibilidades de identificación de talento crecen exponencialmente.

¿Se puede dirigir?

Se puede orientar y acompañar, y se puede ser un aliado fundamental en ese largo y complejo viaje de autodescubrimiento que supone para nuestros hijos encontrar su propio camino. Y para eso es fundamental cambiar la posición desde la cual analizamos ese futuro. Hay que eliminar de nuestro vocabulario el ‘no’, el “no vayas por ahí, que eso no tiene ningún futuro y te vas a estrellar”, que es un mensaje devastador para autoestima de cualquier niño o joven, y empezar a funcionar a través del ‘sí’. Del, “de acuerdo, si esto es lo que te gusta vamos a explorar juntos qué posibilidades nos ofrece y cómo podemos aprovecharlas”.

¿De qué manera se entrena la mente?

La mente de nuestros hijos se entrena, fundamentalmente, ayudándoles a abrirla y a comprender que el destino está por escribir. Que, con trabajo, ilusión y esfuerzo se puede llegar no a cualquier parte –eso sería mentirles–, pero sí a sitios a los que ni siquiera ellos son capaces de imaginar.

Esa palabra ‘imaginación’ es la clave. Debemos tratar de despertar en ellos la curiosidad, la ilusión de aprender y de buscar nuevos caminos, de convertirse en exploradores de su propio futuro. Y en ese gimnasio en el que podemos convertir nuestro propio cerebro, hay varias máquinas en las que podemos ejercitarnos. De una ya hemos hablado: la pregunta, como esa llave maestra capaz de abrir infinidad de puertas. Hay que preguntar a nuestros hijos y animarlos, a su vez, a preguntar.

Otra es el lenguaje interior, como sintonizador de la propia actitud. Es increíble lo duros e injustos que podemos llegar a ser con nosotros mismos. Si somos capaces de enseñar a nuestros hijos a pensar en términos positivos, a hilvanar sus discursos mentales en forma de “sí se puede” o, al menos, de “voy a intentarlo”, en lugar de hacerlo en forma de “no vale la pena porque es imposible”, les estaremos prestando un gran servicio.

¿Puede fomentarlo cualquier padre o hace falta ayuda profesional?

Cualquier padre o madre puede y debe intentar ayudar a su hijo a encontrar ese camino. Ellos lo esperan y necesitan de nosotros, somos su principal referente. Pero para eso hay que dedicarle tiempo. Hay que estar con ellos y tomarse el esfuerzo que requiere una labor tan importante como esa. Cómo padres tenemos que hacernos la reflexión de saber marcar qué es lo verdaderamente importante y cuáles son las prioridades en la vida.

¿Qué errores se deben evitar en el intento de desarrollar el talento de los hijos?

Enviarles bombas en forma de mensajes del tipo: “eso que quieres hacer es una tontería o no vale para nada”; darles marcadas las instrucciones acerca de lo que deben o no debe hacer; asumir que sabemos mejor que ellos lo que les conviene; no observarles, preguntarles ni escucharles; no dedicarles tiempo; complicarles mucho la existencia con un sinfín de actividades; poner demasiada presión en ellos; no predicar con el ejemplo; no inspirarles, motivarles ni alentarles; transmitirles la sensación de que nos importa más nuestro trabajo, ir al gimnasio o ver un partido de futbol por la tele que estar con ellos.

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