Si la necesidad de aprendizaje fuera una enfermedad a la que hubiera que buscar cura, algunos se decantarían un tratamiento de choque, unas cuantas sesiones muy concentradas y de mucha intensidad, tal vez en forma de taller o seminario, centradas en el aspecto, habilidad o materia en el que se desea profundizar. En otros casos, quizá se opte por un remedio menos agresivo, pero más espaciado en el tiempo, para así favorecer que los nuevos conocimientos calen y se asienten en el organismo del paciente, como sucedería con un máster o con un grado. Y también habría quien se conforme con salir del paso a base de analgésicos, un par videos o píldoras digitales en Internet y a funcionar. En realidad, todos esos remedios son perfectamente válidos, pero, al mismo tiempo, insuficientes para lograr un completo restablecimiento del paciente. Porque la necesidad de aprendizaje es, mucho me temo, una enfermedad crónica y, como tal, dura toda la vida.

El concepto de lifelong learning o aprendizaje a lo largo de la vida nace para curar esa dolencia. Este se refiere al conjunto de actividades de aprendizaje que nutren a una persona de conocimientos, competencias y habilidades a lo largo de toda su trayectoria. La idea reniega de esa perspectiva del aprendizaje como una ‘fase’ de la vida la que abarca infancia, juventud y el arranque de la edad adulta para abrazar una concepción de la educación como una dimensión del individuo que no deja de crecer y le acompaña de principio a fin.

Esta visión adquiere singular importancia en una era en la que la velocidad de los cambios convierte en cenizas por la tarde lo que por la mañana eran certezas inmutables. Con la obsolescencia de los conocimientos establecida como norma general, solo un aprendizaje permanente y permanentemente dispuesto a cuestionarse a sí mismo puede ayudar a las personas a salir airosas de los continuos desafíos a los que se enfrentan.

Ninguna profesión escapa a esta, en cierto sentido, enloquecida carrera hacia la actualización continua. Médicos, abogados, sanitarios, comerciales, educadores, periodistas, deportistas, taxistas o tecnólogos se ven obligados a abrir el libro de texto por la primera página casi a diario para seguir siendo competitivos en este entorno. No importa la edad que tengan ni sus horas de vuelo. Nunca pueden dejar de formarse.

Dicho así, se diría que el aprendizaje para toda la vida es una especie de condena. Pero nada de eso; al contrario, la capacidad para renovarse permanentemente es, precisamente, lo que le da al profesional la posibilidad para elegir en libertad. Elegir dónde, cuándo y para quién trabajar, en qué proyectos, con qué socios o compañeros, con qué rol y nivel de responsabilidad y por cuánto dinero. La verdadera condena es no formarse, porque eso limita enormemente sus opciones.

Las ventajas de educarse a lo largo de toda la vida son enormes. En términos de empleabilidad formarnos nos hace mejores trabajadores, más resolutivos y versátiles y también a nivel personal. Y es que desafiar los límites del propio conocimiento es la mejor manera de crecer y desarrollar capacidades que tal vez ni siquiera sabíamos que teníamos. El lifelong learning ayuda a alimentar la creatividad, el pensamiento disruptivo, la flexibilidad o la adaptabilidad al cambio.

Ya se trate de formarse para cubrir nuestras necesidades de ‘reskilling’ adquisición de nuevas competencias como de ‘upskilling’ evolucionar las que ya se tienen, poner en marcha un plan de lifelong learning personal implica abrir nuestra mente a todo tipo de formatos y experiencias formativas. Desde las regladas y formales, hasta las informales, indirectas o aquellas puramente vivenciales. Un curso, una conversación, una sesión de coaching, un programa de mentorazgo y hasta una experiencia traumática son oportunidades únicas para crecer como personas y como profesionales. Medicinas para tratar esa enfermedad incurable a la que llamamos necesidad de aprendizaje.

 

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