Nuestro cerebro es, con mucho, el órgano más sofisticado con el que contamos. En comparación con el resto de especies animales, el ser humano ha tenido que conformarse con unas capacidades físicas del montón que en unas hipotéticas Olimpiadas por la supervivencia no nos darían para luchar por las medallas en prácticamente ninguna categoría.
En cambio, si disponemos de un cerebro privilegiado. Una mente superior que está permanentemente trabajando y maquinando nuevas y brillantes ideas. Para el arte, para los negocios, para la vida. Y, sin embargo, solo un pequeño porcentaje de esas ideas acaban materializándose en proyectos tangibles y realidades palpables.
¿Por qué? ¿Por qué los discursos inspiradores, las buenas intenciones o incluso los sentimientos de culpa por no hacer lo que sabemos que deberíamos estar haciendo no son suficiente motivación para ponernos en movimiento? ¿Qué más hace falta para pasar de una idea a su ejecución, para pasar del saber al hacer?
Hace unos años escribí un libro, El factor H, en el que hablaba precisamente de esta cuestión. En él desgranaba cómo una de esas ‘haches’fundamentales que definían a un líder era la H del“Hacer”. Y es que todo liderazgo efectivo está, al final, encaminado hacia la acción. Porque todos somos capaces de alumbrar ideas geniales y construir fabulosos castillos en el aire. Pero solo unos pocos saben darles forma palpable y tangible.
En aquel libro hablaba de que vivimos en la era del Hacer, lo que puede encerrar una trampa peligrosa: que nos sintamos impelidos a hacer cosas todo el tiempo, pero sin una verdadera reflexión acerca de lo que estamos haciendo, de cómo lo estamos haciendo y, sobre todo, de por qué lo hacemos. No, no es eso lo que yo defiendo. La acción es imprescindible para la vida, el motor que nos impulsa a seguir evolucionando. Pero toda acción debe estar precedida de una reflexión que la sustente y la motive. Porque sin esa pausa y ese análisis nos convertimos en simples pollos descabezados corriendo sin rumbo ni propósito.
Causas del bloqueo:
La falta de un propósito claro es, de hecho, una de las principales causas que muchas veces frustran ese paso del saber al hacer. Toda acción implica un coste en términos de energía, recursos y tiempo, y las personas necesitan saber que esos esfuerzos van a conducirles a un resultado que realmente cumpla sus expectativas y les valga la pena. No ya a nivel económico o empresarial, sino en un plano más profundo y personal.
El miedo al fracaso es otra de las principales razones por las cuales muchas buenas ideas se truncan antes de llegar a ponerse en marcha. Muchas personas tiran la toalla demasiado pronto,desalentadas por una proyección no exitosa de su propia iniciativa. Llegan a la triste conclusión de que es mejor no intentarlo que arriesgarse a experimentar en sus carnes un posible fracaso. Con lo cual se infringen a sí mismos un doble castigo: se privan de la posibilidad de tener éxito y también de la posibilidad, no menos enriquecedora, de aprender de ese posible fracaso al que tanto temen.
Finalmente, la falta de voluntad para pasar de la teoría a la práctica también da al traste con infinidad de excelentes planes que nunca llegan a materializarse. Ya se trate de ir al gimnasio a ponernos en forma, de escribir ese libro que lleva tiempo rondándonos la cabeza o de poner en marcha la startup para la que estamos convencidos de que hay un interesante nicho de mercado, cuando llega el momento de la verdad, procrastinamos, nos llenamos de excusas y nunca encontramos el momento de arrancar.
¿Cómo romper con estas dinámicas de autosabotaje? Estas son algunas ideas que nos pueden ayudar a convertir el saber en hacer.
