Cuidado con los líderes que hablan mucho, pero conectan poco

La importancia capital del liderazgo en el mundo de la empresa es una cuestión que pocos cuestionan y que resulta determinante para el éxito o el fracaso de cualquier proyecto colectivo. Sin embargo, la definición de lo que debe ser un buen líder y de las características que lo convierten en esa guía y esereferente que espera su equipo es una cuestión más esquiva y que va evolucionando con el tiempo.
Uno de los rasgos tradicionalmente asociados al buen liderazgo son las habilidades de comunicación. Se entiende que todo líder que se precie ha de dominar el arte de la palabra, ser capaz de hablar con solvencia y elocuencia en cualquier situación y tener la habilidad para seducir y convencer a sus públicos con discursos que posean esas tres cualidades que ya anticipó Aristóteles hace 2.500 años como las claves de la comunicación persuasiva: ethos (credibilidad), pathos (emoción) y logos (lógica).
Sin embargo, por desgracia, la realidad empresarial nos muestra que numerosos supuestos líderes naufragan en esa pretensión, muchas veces sin que ellos mismos sean conscientes de su fracaso. Y es que en demasiadas ocasiones se tiende a pensar que hablar bien equivale a hablar mucho o a hacerlo de manera grandilocuente o histriónica. En el mundo empresarial abundan los directivos que hablan y hablan por el puro placer de escucharse a sí mismos, pero sin tener en cuenta el efecto que sus formas y sus contenidos provocan en sus destinatarios. Pero lo cierto que ninguna comunicación irá muy lejos si quien la emite no es capaz de conectar íntimamente con sus públicos, si no es capaz de inspirarlos.
Y es que la diferencia entre comunicar y conectar es fundamental. Comunicar consiste en transmitir información desde un punto hasta otro, algo que el emisor del mensaje hará con mayor o menor eficacia, pero básicamente se trata de eso. Conectar, sin embargo, trasciende ese mero envío codificado de información al lograr establecer una relación significativa y más profunda con la persona que está al otro lado del mensaje. Y esa es la clave para que el mensaje realmente provoque un impacto.
Uno de los principales problemas de hablar mucho es que al hacerlo no se deja espacio ni para la propia reflexión (se habla, pero sin dar tiempo a pensar en lo que se está diciendo), ni para escuchar nada más que no sea el propio discurso. Y en ese planteamiento no caben ni el aprendizaje ni la flexibilidad para incorporar los inputs de terceros al mensaje.
La escucha activa y empática suele infravalorarse como cualidad de comunicación, pero es fundamental para conectar con las audiencias. La mejor interlocución es aquella que se plantea como un intercambio multidireccional y que deja espacio a otras voces además de la del interlocutor principal. En cambio, las explicaciones unidireccionales, incluso si se presentan revestidas de una presentación espectacular, suelen estar condenadas a estrellarse contra un muro de indiferencia o incluso de rechazo.
La falta de autenticidad es otro de los pecados capitales de los malos comunicadores. Un líder entrenado en técnicas de comunicación puede engatusar una, puede que incluso dos veces, a un público receptivo y no demasiado exigente. Pero el engaño caerá muy pronto por su propio peso si ese discurso choca con la evidencia de los hechos, si no hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Los mensajes artificiales, plagados de lugares comunes y eslóganes vacíos de significado son fáciles de identificar y acaban provocando muy a menudo el efecto contrario al deseado.
Otro factor que impide esa conexión con el público es precisamente la tendencia de algunos líderes a desconectarse de la verdadera realidad de los colaboradores, del mercado y del mundo en general. directivos que viven en cárceles doradas, aislados del mundo real pero que creen saberlo todo sobre él solo porque ocupan una posición prominente o de cierto éxito. O que se muestran reacios a las críticas y que viven rodeados de aduladores, sin nadie que se atreva a cantarles las verdades, porque solo saben generarmiedo a su alrededor. Este tipo de líderes acaban convertidos en emisores de discursos vacíos que solo provocan risa o rechazo.
El liderazgo efectivo no se mide por el número de palabras pronunciadas, ni siquiera por la habilidad o el ingenio con los que se transmiten. El liderazgo se cimienta a través de la confianza, la escucha y la capacidad de generar entornos seguros en los que las personas se sientan escuchadas y tenidas en cuenta. Porque saber hablar es importante, pero lo que realmente marca la diferencia entre dirigir personas y liderarlas es saber conectar.