Cualquier ordenador de 300 euros tiene una capacidad de procesamiento de información infinitamente superior a la del ser humano. En un mundo gobernado por las tecnologías que se desarrollan de modo exponencial, ¿cómo los seres humanos podremos estar la altura? ¡Que no cunda el pánico!

En realidad, no nos hace ninguna falta tener la capacidad de procesamiento de un ordenador. A pesar de que carecemos, (al menos, todavía) de chips, los humanos seguiremos teniendo un papel protagonista en este universo tecnológico que hemos creado. Hombre y máquina están condenados a entenderse y a trabajar juntos en buena sintonía con la obligación ineludible de crear un futuro más sostenible para todos los habitantes del planeta.

Pero para que eso sea posible, sí que será necesario que hagamos evolucionar nuestras capacidades de aprendizaje, con el fin de adaptarlas a un mundo en el que los cambios son cada vez más vertiginosos y la inestabilidad, también llamada volatilidad, una constante en todos los ordenes de la actividad humana. Necesitaremos ampliar esas capacidades y hacer crecer nuestra velocidad de aprendizaje. Necesitaremos, en suma, aprender de forma exponencial.

Como señalo en mi último libro, ¿Cómo entrenar la mente? Y aprender de forma exponencial, el aprendizaje exponencial propone una manera de plantearse nuestro paso por el mundo como una permanente oportunidad para saciar nuestra curiosidad y cuestionarnos la validez de todo lo aprendido hasta la fecha. Se trata de un ejercicio bastante disruptivo porque supone renunciar a la muy arraigada idea de que el aprendizaje es un proceso lineal que conecta el pasado con el futuro.

Pero mucho me temo que el futuro ya no es lo que se espera desde el presente, y que tratar de anticiparse a él basándonos únicamente en referencias del pasado es un ejercicio condenado al fracaso. Lo ya vivido es una base sólida que habita en nosotros y nos ayuda a crecer, una referencia. Pero cuando se trata de aprender, solo podemos mirar hacia el futuro con mente de aprendiz, dejándonos sorprender por lo que no sabemos. La exponencialidad del aprendizaje nos propone poner en cuarentena al pasado y presente, para atrevernos a darle una vuelta de tuerca adicional a las cosas.

El aprendizaje exponencial parte de la premisa de que la vida es un continuo estado de aprendizaje. ¿Cómo podemos aprovechar esta escuela, la de la vida, que permanece abierta 24 horas los 365 días del año?

Vivir con actitud de aprendiz continuo es una de las claves de esta ecuación, seguramente la principal. Ello requiere admitir una verdad incómoda: que no sabemos casi nada, y que lo poco que sabes es material sujeto a permanente revisión. Una vez que llegas a esa conclusión y logras desembarazarte de la pesada carga de lo que creías saber, casi todo es posible y ya puedes adentrarte en el mundo del aprendizaje exponencial.

Esa exponencialidad implica deshacerse de títulos y relativizar el valor de determinados conocimientos técnicos que en cualquier momento pueden dejar de ser válido porque han quedado obsoletos. A cambio, propone actualizar esa carga mediante el desarrollo de aquellas capacidades, habilidades y competencias que realmente nos van a permitir desenvolvernos con éxito es este mundo cambiante y veloz. Es como si en nuestras vacaciones, en lugar de comprarnos un billete cerrado y con todas excursiones ya contratadas de antemano a un país concreto que en cualquier momento podría poner restricciones a la llegada de viajeros o incluso dejar de interesarnos como destino, nos sacaremos un pasaporte que nos permitiera llegar a cualquier parte.

¿Cómo obtenemos ese pasaporte? Hay una sola fórmula: ¡entrenando!

Sí, entrenar la mente como lo haríamos con cualquier músculo. Existen diferentes técnicas para alcanzar ese nivel. Estas son algunas de las que recojo en mi libro:

El uso de la pregunta para abrir nuevos caminos a esas afirmaciones categóricas que tanto gustan al conocimiento tradicional y que no dejan espacio para nada más sería una de esas técnicas.

– También lo es practicar la escucha como una fuente de aprendizaje permanente. Y es que cuando hablas es imposible aprender nada, porque lo que estás diciendo son cosas que ya sabes. En cambio, en el momento en que cierras la boca y abres los oídos es mágico, porque ahí estás abriendo espacio para la llegada de nuevo conocimiento.

– Aprender a manejar el lenguaje interior es otro de los ejercicios que recomiendo para este gimnasio de la mente. La forma en que nos dirigimos a nosotros mismos dentro de las paredes de nuestro cerebro marca nuestra manera de comportarnos de puertas para afuera. Un lenguaje interior negativo, excesivamente crítico con nosotros mismos o condicionado por sesgos cognitivos como generalizaciones o suposiciones, nos lleva inevitablemente a dar respuestas limitadas.

– En la misma línea, también es necesario practicar un buen feedback, siempre orientado a futuro y no a pasado, para poner así en marcha los mecanismos de la imaginación y la creatividad.

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