A menudo los nervios que nos surgen cuando tenemos que hablar en público hacen que el cuerpo se descontrole un poco y nos preocupa que eso pueda estar afectando a la imagen que damos ante los demás. Por eso la mayoría de las personas que quieren mejorar su oratoria, así como en las entrevistas en medios de comunicación –y ahora también en las charlas online–, me preguntan sobre el lenguaje no verbal, la importancia que tiene a la hora de comunicar y cómo pueden llegar a dominarlo.

Evidentemente, el lenguaje corporal es fundamental a la hora de comunicar; nadie nos creerá una palabra si nuestros gestos y movimientos no refrendan lo que decimos. No obstante, tampoco es tan predominante como se suele creer, y definitivamente no constituye el ochenta por ciento del mensaje, como se puede leer a menudo. Aunque esto no quiere decir que no sea muy importante para construir un discurso coherente.

El lenguaje no verbal abarca diversos aspectos: las posturas, los gestos, la mirada y la expresión de la cara, la forma de vestir… Pero dominarlo no consiste en hacer gestos, mover las manos o el cuerpo de manera arbitraria, sino en dar significado a esos movimientos y actitudes. No es fácil interpretar el lenguaje corporal y a menudo el significado que se dé a nuestros gestos depende del oyente y de su propia forma de percibir las cosas (en función de su nivel cultural, su procedencia social o geográfica, etc.). Aun así, sí existen algunas reacciones corporales que se entienden a nivel universal, y hoy quiero centrarme en la oculésica, que no es otra cosa que el estudio de la mirada y el comportamiento de los ojos en la comunicación.

Dice el refrán que “la cara es el espejo del alma”, a lo que yo siempre añado, siguiendo a Cicerón, “y los ojos son sus intérpretes”. Y es que así es: la expresión de la cara es la vía de comunicación principal de emociones con las personas con las que estamos hablando. Y como protagonista del rostro, la mirada merece una atención especial.

¿Qué hacer con nuestra mirada cuando estemos hablando en público?

Lo ideal es mirar a la cara en la franja entre los ojos y los pómulos evitando mirar solo a una persona (muchas veces, al más importante o al más llamativo) o a las primeras filas. No mirar al público mientras se habla y mirar por la ventana, a un lado, a los papeles, al techo… denota inseguridad, desinterés, arrogancia, antipatía, sensación de culpabilidad, inferioridad o incluso miedo a manifestar las emociones y los sentimientos. Mira a tu pú­blico para consolidar tu principio de autoridad.

Ten en cuenta que alguien que mantiene una mirada fija durante demasiado tiempo posiblemente será conside­rada como más hostil o dominante. Por el contrario, si una persona desvía frecuentemente la mirada, puede que sea considerada como tímida, sumisa, antipática o con prisa por terminar la interacción. Imagina cómo se sentirá tu audiencia (independientemen­te del número que la conforme) si no acompañas tus palabras con una mirada repartida de forma ecuánime y relajada.

Así que, por tu bienestar y por el de tu audiencia, no olvides nunca mirarles a los ojos… o al tercer ojo del que habla mi amigo el Mago More, que dice que si miras al entrecejo de tu interlocutor, conectarás mejor y te sentirás menos incómodo. Y recuerda también lo que decía Antoine de Saint-Exupéry: «Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada».