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¿Por qué hay que apostar por la formación otra vez?

Cada cierto tiempo se detecta un parón en el impulso que las empresas le dan a su formación. Se trata de un fenómeno cíclico, que va y viene según la coyuntura o la percepción general del mercado. De pronto, algunas compañías de referencia pisan el pedal del freno y las demás las siguen por un puro instinto de imitación.

No hay una única razón para ello. Presupuestos ajustados, incertidumbre, tendencias, cambios en los modelos organizativos, en la escala de prioridades… En los años de la crisis ni siquiera hubo que buscar una excusa muy elaborada para justificar el recorte. No había dinero y la partida de formación fue una de las primeras en caer. Fin de la historia.

 

Los que siguieron con la formación como activo fundamental en sus organizaciones acabaron en clara posición de ventaja

 

Muchas organizaciones se arrepintieron después de aquella decisión, que optó por refugiarse en los cuarteles de invierno para intentar capear el chaparrón sin caer en la cuenta de que cuando escampara la tormenta tendrían que volver a salir a cielo abierto. Lo malo fue que cuando los nubarrones se despejaron, el paisaje había cambiado radicalmente y muchas compañías no estaban preparadas para desenvolverse en ese nuevo ecosistema.

En cambio, los visionarios que sí tuvieron el valor de mantener la formación como un activo fundamental para la supervivencia futura de sus organizaciones salieron de aquella travesía por el desierto fortalecidas y en clara posición de ventaja.

Como la historia de la humanidad ha demostrado que el ser humano acostumbra a tropezar múltiples veces en la misma piedra, más de uno ha olvidado ya aquellas lecciones que nos dejó la crisis y vuelve a las andadas con sus miras cortoplacistas. Una vez más, parece que la formación de sus profesionales ha pasado a ocupar un lugar secundario en la agenda de algunas empresas. Son solo unos síntomas, nada demasiado grave todavía, pero sí lo suficientemente preocupantes para pulsar el botón de alarma antes de escale más de la cuenta.

En esta ocasión, los pretextos que las empresas aducen para aparcar la formación son más sofisticados y diversos. La falta de tiempo para dedicar la formación es uno de los más recurrentes. Los proyectos son tan exigentes y ajustados de tiempos, dicen, que al parecer no dejan espacio para dotar a sus profesionales de mejores herramientas para realizar su labor. No deja de ser curioso que hace años el problema parecía ser justamente el opuesto. El tiempo sobraba, ya que lo que escaseaban eran los proyectos y, por tanto, los ingresos. Ahora el dinero vuelve a fluir en caja, pero lo hace a costa de las horas de trabajo de sus profesionales. El resultado, en cualquier caso, es idéntico: no hay lugar para la formación.

Cuando le haces notar a algún responsable área esta inquietante caída de iniciativas de formación en su empresa, muchos niegan la mayor. ¡Claro que sus profesionales se forman!, explican convencidos, solo que ahora esa formación ha adoptado otras trazas y formatos. Y es que la velocidad que han adquirido los negocios actuales, aducen, ya no permite dedicar varias horas a una sesión de aula. Todo debe ser mucho más ágil, y por eso sus profesionales se forman «on the job», es decir, durante el propio desempeño de su trabajo.

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