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Estoy hipermotivado. ¿Por qué fracaso entonces?

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Cada mes de enero, mi amigo Nacho tiene la costumbre de renovar la suscripción del gimnasio y de acercarse a alguna librería para comprar el último libro de recetas saludables. Ya habrán adivinado que Nacho tiene un pequeño problema de sobrepeso, y está determinado a quitarse de encima esos molestos kilos que le sobran. El caso es que, a pesar de que le encanta proyectar en su mente una nueva imagen de sí mismo más delgado y esbelto en un futuro próximo, no logra cumplir su objetivo. “Eso es que me falta motivación”, se lamenta cada vez que la báscula le devuelve a la cruda realidad. “No”, le digo yo. “Lo que te falta es voluntad”.

Y es que motivación y voluntad no son lo mismo. Fue la conclusión a la que llegó el psicólogo norteamericano James Heyman tras realizar un experimento en 2004 que puso de relieve las diferencias entre una y otra. Colocó a 300 estudiantes, distribuidos en tres aulas de 100, frente a otros tantos ordenadores por cuyas pantallas transitaban una serie de puntos de luz, y les pidió que intentaran capturarlos con el ratón. Cuántos más puntos de luz fueran capaces de atrapar en los tres minutos de los que disponían para la tarea, mejor. Eso sí, no todos los participantes contaban con los mismos estímulos exteriores para completar la misión. Los integrantes del primer grupo recibían un dólar por cada círculo atrapado; los del segundo obtenían 0,15 dólares, y los del tercer grupo no recibían ningún premio por su puntería.

Sí, el lector ya ha adivinado cual fue el resultado. El grupo mejor remunerado fue el que mejores cifras obtuvo, una media de 150 círculos abatidos; mientras que los premiados con 15 centavos consiguieron 72, y los que disparaban sin incentivo por medio, 65.

Se repitió la prueba con nuevos estudiantes, pero en esta ocasión los integrantes del tercer grupo, el gratuito, recibieron una charla previa en las que se les pedía explícitamente que se aplicaran en la realización de la prueba, ya que los resultados obtenidos servirían para desarrollar una nueva metodología pedagógica para trabajar con niños con síndrome de Down.

En esta ocasión los resultados fueron los siguientes: el grupo de un dólar, 160 círculos; grupo de 15 centavos, 70 círculos; grupo gratuito… ¡182 círculos!

Las conclusiones que podemos extraer de esta experiencia es que en la primera parte de la misma una motivación externa destinada a cubrir necesidades personales (la recompensa monetaria) funcionó como factor motivador. Aunque dejó de hacerlo cuando los participantes percibieron que esa recompensa era insuficiente y no les valía la pena el esfuerzo.

En la segunda parte del experimento, en lugar de atender a motivaciones externas, lo que trató de movilizarse en el tercer grupo de estudiantes fue su voluntad individual para que ellos mismos encontraran en su interior la determinación necesaria para acometer esa tarea.

Así pues, la voluntad es mucho más poderosa que la motivación. Porque esta última, si bien es de gran utilidad para poner en marcha un proyecto, tiene la mala costumbre de flaquear por el camino. Por esa razón el paso por el gimnasio de mi amigo Nacho es ejemplar durante las dos primeras semanas tras inscribirse, pero a medida que ese empuje inicial pierde fuelle, acaba volviéndose inexistente al cabo de tres meses.

A la motivación hay que cuidarla, acompañarla. Ayudarla a levantarse cuando cae y decirle lo bien que lo está haciendo cada vez que vuelve a ponerse en pie. La buena noticia es que existen una serie de pautas que nos permitirán reforzar esa motivación para que no deje de impulsar a nuestra voluntad.

1) Marcarse objetivos realistas

Lo del “el límite es el cielo” está muy bien como eslogan publicitario pero es un mal consejero a la hora de marcarnos objetivos. Es más eficaz poner el foco en metas modestas pero alcanzables que lanzarnos a tumba abierta a por el Premio Gordo.

2) Trazar una estrategia y un calendario

Una vez tenemos nuestro objetivo, hay que hacer una lista de aquellas acciones que nos permitirán conseguirlo y marcarse un plazo de tiempo razonable para completarlas. Luego siempre habrá tiempo para reajustar. Una vez más, el sentido común y la prudencia deben imperar.

3) Premiarte si consigues el objetivo

La consecución de pequeñas metas es uno de los mejores motivadores que existen. Significa poder pasar mentalmente del fracaso al éxito, por insignificante que sea este. Y todo éxito merece una recompensa (en consonancia con la dimensión del éxito, ¡no nos volvamos locos!). Un premio que nos recuerde que el esfuerzo merece la pena y nos sitúe en la mejor disposición para abordar el siguiente paso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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