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Intuición vs. Razón (segunda parte)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

La intuición ha sido denostada por los científicos durante siglos. Tradicionalmente, desde los ámbitos académicos se ha asociado a esta cualidad con una serie de connotaciones peyorativas que han tratado de desprestigiarla como capacidad humana. Frente a la idolatrada y respetadísima razón, a la intuición se la ha tachado de pseudociencia, de superstición y hasta de fraude. Como si la intuición no tuviera nada que ver con la inteligencia humana. En ese afán por deslucirla, incluso se le ha dado una maliciosa intención machista: se hablaba de la “intuición femenina”.

Hoy, en cambio, sabemos que la intuición es una cualidad plenamente intelectual. Está basada en una serie de mecanismos biológicos que son capaces de activar todos los sentidos: desde el tacto hasta la vista. Produce en ellos una especie de despertar que les lleva a manejar nuestro inconsciente, esa suerte de biblioteca emocional en la que vamos archivando conocimiento y experiencias pasadas.

Esta memoria emocional profunda se encuentra ubicada en ambos hemisferios, principalmente en el lóbulo prefrontal y en unas áreas muy concretas del sistema límbico: el llamado cerebro emocional límbico. Se trata de una pequeña estructura, llamada amígdala cerebral, de capital importancia para la vida. La amígdala es el órgano que guarda nuestras emociones más antiguas a lo largo de nuestro aprendizaje. Es la responsable de monitorizar la intuición y de hacerla saltar como resorte cuando se dan determinadas circunstancias.

Así considerada, la intuición es una especie de estado de preaviso que nos advierte de lo que podría llegar a suceder a partir de información almacenada en el inconsciente sobre las experiencias que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. Cuando la amígdala se activa, se despiertan los sentidos y somos capaces de evaluar de una forma instantánea cuál es la mejor decisión a tomar aunque no contemos con todas las evidencias para respaldarla. Cuando no hay tiempo para activar la razón, la intuición acude a nuestro rescate. Gracias a ella, somos capaces de hacer una valoración automática de la situación y dar una respuesta inmediata. Es la responsable de que en nuestra mente salten una serie de palabras y frases cortas pero muy poderosas. La intuición nos grita cosas como “!Peligro! ¡Hazlo! ¡No sigas por ahí!

Esa inmediatez le ha costado buena parte de su mala fama. Porque parece que no puede haber ciencia allí dónde no hay espacio para la reflexión. Pero en realidad, la intuición no hace otra cosa que seguir los caminos recorridos por el método científico. El sistema de hipótesis que caracteriza las investigaciones, por ejemplo, parte de un planteamiento puramente intuitivo, de la pregunta “¿y si…? A partir de esa pregunta fundamental, el método científico se esmerará en buscar las respuestas y los argumentos racionales pertinentes. Pero todo nace de una chispa, de una “intuición” de un investigador curioso.

El funcionamiento de la inteligencia intuitiva responde a un proceso neurobiológico complejo que hoy la neurociencia sigue tratando de desmarañar. Lo cierto es que no conocemos demasiado aún sobre este proceso ni sobre su localización exacta. Se sabe que en él participan la consciencia y la inconsciencia, pero no mucho más. Sí se ha observado, por ejemplo, que incluso en los estudios prenatales ya se observan decisiones en el útero relacionadas con el pensamiento intuitivo.

En cierto modo, la intuición puede ser vista como la herramienta humana que conecta lo aparentemente irracional con lo racional. Es esa primera chispa irracional e inexplicable que pone en marcha los mecanismos para que el cerebro humano busque los argumentos lógicos que den sentido a ese pálpito inicial. Es algo que ocurre en milésimas de segundo. Esta chispa es absolutamente necesaria para activar muchos de los procesos de razonamiento lógico, hasta el punto que muchas veces determina el camino a seguir y nos hace quedarnos con la primera idea que cruza nuestra mente. Esa elección a veces nos salva la vida, pero también presenta inconvenientes; elegir esa primera idea nos puede llevar a desechar otras igualmente válidas.

Así pues la intuición resulta básica para el ser humano. La buena noticia es que la inteligencia intuitiva se puede entrenar. Entrenar el pensamiento disruptivo y creativo implica alejarse un poco del pensamiento lógico. De este modo, se abren por así decirlo, nuevos caminos de pensamiento, dotando al cerebro de nuevas y ricas alternativas de respuesta ante los retos de la vida

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Intuición vs. Razón (primera parte)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

“El corazón tiene razones que la razón no entiende, dijo en la que es probablemente su frase más conocida (de hecho, la frase pasó a la posteridad postergando al olvido a su autor) el filósofo francés del Siglo XVII Blaise Pascal. Dos siglos después Albert Einstein abundó en esa dicotomía al afirmar: “La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado al regalo”. Estas dos citas ejemplifican a la perfección la vieja pugna entre razón e intuición como esos contrapesos que determinan la toma de decisiones de los seres humanos. Con ellas, estos dos sabios adoptan una clara posición reivindicativa a favor de lo que uno llama “corazón” y el otro “razón intuitiva” sobre la pura reflexión cargada de razones.

No es casualidad que Pascal utilice la palabra “corazón” para referirse a esa parte más emocional de nuestro cerebro a la que a veces llamamos intuición. De hecho, muchos de las denominaciones que se usamos para referirnos a esta veta más irracional de nuestro pensamiento tienen una clara connotación física. Con frecuencia, cuando estamos a punto de seguir los dictados de nuestra mente intuitiva solemos decir cosas como que hemos tenido “una visión”, “un pálpito”, “un hormigueo”… O también que hemos tenido un “presentimiento”, una especie de aviso que nos llega desde nuestra parte más emocional.

Y es que históricamente se ha considerado la intuición como la capacidad más característica de los humanos, aquella que distinguía al homo sapiens del resto de los animales. Sin embargo, no ha sido hasta muy recientemente cuando la ciencia se ha interesado de verdad por esa parte de nuestra actividad cerebral. Tradicionalmente olvidada por los investigadores, se pensaba que la intuición era un asunto menor, asociado a creencias populares y meras supersticiones. A lo largo de la historia la sociedad y la ciencia siempre le han concedido una importancia superlativa al conocimiento cognitivo y se ha primado la inteligencia racional. Se desconfiaba de aquellas decisiones que no estuvieran suficientemente apoyadas en la lógica porque podrían contener errores. Por el contrario, una resolución basada en evidencias siempre tendría más posibilidades de resultar acertada. Esta creencia, fuertemente arraigada en la tradición científica, no es en absoluto falsa, pero sí es incompleta. Ahora sabemos que la intuición tiene un peso muy importante en la toma de cualquier decisión.

No podemos olvidar que la intuición ha sido nuestro principal aliado a lo largo de toda nuestra historia y que es, de hecho, la capacidad que nos ha permitido llegar hasta aquí hecho y ser lo que hoy somos. La intuición es el modelo inteligente que está relacionado con los procesamientos más primitivos y complejos desde el punto de vista biológico. El ser humano ha basado su supervivencia y progreso en su capacidad intuitiva. Es esa voz interior que te lleva a no meterte por un callejón oscuro de noche, o a rechazar una oferta de trabajo en el último momento aunque todo parecía estar correcto. Es un susurro en nuestro oído que avisa de que no deberíamos subirnos a un coche con esa persona hoy.

La intuición es, en definitiva, esa parte del conocimiento humano que no sigue un camino racional y que va más allá de una formulación lógica. Nos lleva a tomar decisiones con enorme convencimiento, aunque no somos capaces de verbalizar por qué. Se basa en reacciones emotivas no explicables. Pero esas reacciones no son cosa de magia ni responden a fenómenos paranormales. Se trata de un mecanismo cerebral, exactamente igual que lo es la razón. Un mecanismo que trataremos de explicar en un próximo post.

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En vacaciones, descarga las pilas

Fernando Botella, CEO de Think&Action

“Recargar las pilas”. Es uno de los mantras que más se escuchan por estas fechas en las que los españoles o bien ya estamos disfrutando de las vacaciones, o bien estamos descontando los días para comenzarlas. Necesitamos irnos de vacaciones porque nos sentimos agotados y sin energía, y pensamos que esos días de descanso nos servirán para volver a llenar ese tanque de gasolina al que hace tiempo se le encendió el piloto rojo de la reserva.

O no, porque en realidad lo que necesitamos es justamente lo contrario: vaciar el depósito, descargar la batería, agotar completamente las pilas. Y es que en esto de “desconectar” solemos incurrir en un error de concepto. Pensamos que nos vamos vacios, pero no es así. Nos vamos de vacaciones con la cabeza a tope y plenamente “conectados” con el trabajo. Estamos haciendo la maleta e, inconscientemente, junto a los bañadores y las sandalias estamos metiendo en ella también los problemas, los agobios, los jefes, los clientes…. Lo realmente difícil y lo que necesitamos es desprendernos de todos esos elementos, desenchufarnos. Así que nada de recargar las pilas, no. Porque cuando uno se va de vacaciones con todas  esas  preocupaciones bullendo en su cabeza no descansa. Lo que nos hace falta es dejar la batería a cero para que cuando la carguemos de nuevo esta alcance su máxima potencia de nuevo.

Biológicamente hablando, las vacaciones son imprescindibles. No son un capricho ni un premio, ni siquiera son un derecho laboral. Son absolutamente necesarias para la supervivencia. Sin descanso nuestro cuerpo y nuestra mente colapsan, dejan de funcionar adecuadamente. Dejarse atrapar por el puro placer de no hacer nada, por el lujo de estar ocioso, es difícil, pero también es una de las mejores terapias de recuperación a las que puede someterse el ser humano. Pero además del puro descanso, las vacaciones ofrecen otro tipo de ventajas que también nos ayudarán a retomar la actividad con buen talante  a nuestro regreso. Sin ir más lejos, nos permiten romper con la rutina, y esto hace que nuestra mente sea más curiosa. Como por arte de magia, aparecen nuevas ideas. Esta es la razón por la que los amantes de la escritura, de la pintura o de la música sean habitualmente más creativos y fecundos en época vacacional. Y esto no solo es aplicable al entrono artístico o de mero hobby. También a nivel profesional y empresarial es muy frecuente que las mejores ideas de modelos de negocio, de cambios de estrategia o de planes de marketing aparezcan justamente cuando sus creadores se encuentran a muchos kilómetros de la oficina, tumbados al sol sobre una hamaca o realizando una senda por la montaña.

Seis tips para desconectar

1) Deja las cosas atadas. En los días previos al arranque de tus vacaciones procura dejar temas zanjados, en la medida de lo posible. Dejar asuntos terminados o, por lo menos, con fases completadas que puedan ser luego fácilmente retomadas, nos brinda sensación de control, y el control nos da satisfacción y nos permite marcharnos más relajados y sin sentimiento de culpa.

2) Intenta que las vacaciones sean una colección de momentos compartidos. Con nuevas personas y nuevos lugares. Las vacaciones vividas como un momento social te alejan de la rutina y te hacen experimentar nuevas sensaciones.

3) No planifiques. O, al menos, no más de la cuenta. Por supuesto podrás (y deberás) reservar con antelación una noche para ir a ese restaurante al que tantas ganas tienes de ir, o para hacer esa excusión pendiente, pero dejando siempre espacio para la improvisación. Evita que tus vacaciones  no se conviertan en un calendario de tareas programadas. Porque para eso, ya está tu trabajo.

4) Haz un pacto con la tecnología. Esto no significa jubilar el teléfono móvil durante un mes, significa utilizarlo con sentido común para no pasarnos el día pendientes de él. Un buen método es resérvate un espacio fijo del día (pongamos que entre 10 y 10´15 de la mañana o la franja que mejor te encaje) para consultar esos correos electrónicos personales o de trabajo que no quieres dejar completamente desatendidos.

5) Cuida tu salud física y mental.  Duerme mucho, come sano, haz deporte… Y lee. Pero no cosas que tengan que ver con tu trabajo, sino sobre temas distintos que te abran la mente y  te saquen de lo cotidiano.

6) Disfruta de lo sencillo. Es el momento de bajar las expectativas y de poner las cosas en perspectiva. Una puesta de sol, una copa de vino en buena compañía, una novela interesante, una siesta en una hamaca… Disfruta del momento y que cada momento sea importante. Sin prisa. La vida son momentos y en vacaciones más.

 

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BIENVENIDOS A LA REVOLUCIÓN 4.0

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Bienvenidos_a_la_revolución_4.0

Este libro nos guía con un lenguaje sencillo y sin tecnicismos, desde el pasado hacia el futuro, desde la antropología hacia la singularidad tecnológica. En un mundo tan cambiante debemos ser proactivos para visualizar los grandes desafíos y oportunidades de los próximos años y décadas. El nuevo modelo de sociedad y de empresa que nos espera nos exigirá un nuevo modo de pensar y de comportarnos. Debemos ponderar mucho más el valor de la creatividad y procurar entendernos socialmente con nuestro entorno de una forma diferente. Para poder ir por delante, debemos mirar la realidad de una forma desacostumbrada.

Recuerda que lo que está sucediendo ahora no es totalmente nuevo: ya se repitió en el pasado. Sólo es nuevo para nosotros. El pasado reciente ya es historia, el hoy es asombroso, aprovechémoslo, que por eso se llama presente. Pero, eso sí, hagámoslo bien, sabiendo el alcance de lo que nos espera.

 

 

 

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Imaginación al poder

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Se cuenta que en una misma habitación de hospital coincidieron dos enfermos. Uno de ellos ocupaba la cama más cercana a la única ventana de la estancia, mientras que el otro estaba en la más alejada, cerca de la puerta. Debido a su afección, este último debía permanecer postrado boca abajo y sin poder moverse de la mañana a la noche. Para hacer más llevaderas esas largas jornadas de total inmovilidad, su compañero de cuarto se asomaba a la ventana y le relataba con todo lujo de detalle cuanto se veía desde allí. Convertido en sus ojos, le describía el paisaje de un frondoso parque con un estanque en el centro, repleto de gente que paseaba, músicos y artistas callejeros, niños balanceándose en los columpios y perros correteando junto a sus dueños.

Una mañana el paciente próximo a la ventana ya no estaba. Su vecino preguntó por él y la enfermera le comunicó que había fallecido. Entristecido por la noticia, pidió le acercaran a la ventana. Como ya se encontraba un poco mejor, ya no tenía que permanecer boca abajo y pudo incorporarse sobre la cama. Se asomó para ver por sí mismo las maravillas que tan vívidamente le había descrito su antiguo compañero de habitación durante aquellas semanas. Con asombro, comprobó que lo único se veía en frente era un alto edificio y, abajo, un oscuro callejón. ¿Cómo es posible, le preguntó a la enfermera, y le contó acerca de aquellos relatos. Ella le dio una respuesta que le dejó todavía más sorprendido: su compañero no podía haber visto nada de aquello porque era ciego. Ambos enfermos habían creado sus propias imágenes, gracias a la imaginación. Y para ellos, eran tan reales, que aquellas imágenes existían.

Así de portentosa es la imaginación. La imaginación es el elemento más importante que distingue a los humanos de otros animales y uno de los dispositivos más poderosos con los que está equipado el pensamiento humano. Entre otras cosas, nos permite relacionar los objetos y las ideas en el espacio y en el tiempo. Si tengo que emprender un viaje, la imaginación es la herramienta que me va a permitir anticipar cuántas maletas voy a poder cargar en mi coche y de qué modo voy a disponerlas para que quepan en el maletero. La imaginación es lo que hace que a veces disfrutemos más planeando el viaje, anticipando las cosas que haremos y veremos allí, que en el propio viaje. Son bocetos de una realidad posible, pequeñas ilustraciones creadas en nuestra mente que incluyen momentos, imágenes, olores, sabores, objetos, etc.

Otra cualidad de la imaginación es su capacidad para generar fantasías que nos permitirán crear realidades paralelas. No únicamente como vía de evasión, sino, sobre todo, para abrir y entender nuevas posibilidades. Eso a lo que llamamos “sueños” no son otra cosa que escenarios deseados que se proyectan en un hipotético futuro a través de la imaginación. El primer paso para conseguir un objetivo es atreverse a imaginarlo. La imaginación nos permite ser más felices al trazar esas realidades ilusionantes, que luego se podrán convertir en realidad o no.

También esto es importante para directivos, ejecutivos, emprendedores, en el mundo empresarial, donde saber utilizar la imaginación permite crear nuevas posibilidades de futuro para nuestros clientes, reinventarse, desarrollar buenos modelos de liderazgo, gestionar mejor el equipo y ayudar en el desarrollo de los colaboradores.

Los investigadores italianos Eduardo Bisiach y Claudio Luzzatti estudiaron en Milán a numerosos pacientes que padecían el llamado síndrome de negligencia visual. Se trata de una afección, localizada en el lóbulo parietal derecho, que provoca que los ojos del paciente, pese a enfocar todo el campo de visión, sólo presten atención a la mitad derecha del mismo. Así, si se les pedía describir La Piazza del Duomo, sólo daban detalles acerca de los edificios situados en la parte derecha de su posición como observadores. Estos estudios y otros como los realizados por Kosslyn con positrones, demostraron que el cerebro visual se encuentra en el lóbulo parietal del cerebro. Y que ahí, está también, la sede de nuestra capacidad para imaginar.

La imaginación es una de las herramientas más poderosas con las que cuenta el ser humano, pues le permite viajar en el tiempo: hacer proyecciones de futuro, extraer aprendizajes del pasado y empatizar con los demás, “imaginar” lo que el otro puede estar sintiendo en el presente. Por último, dos cualidades muy humanas que nos brinda la imaginación: creatividad para ver la realidad de una manera desacostumbrada, y capacidad intuitiva para ver, anticipar, lo que todavía está por suceder.

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¿Por qué nos gusta pensar en imágenes?

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Un corazón traspasado por una flecha y unas iniciales grabadas en la corteza de un árbol. No se necesita mucho más para saber que se trata de una declaración pública de amor, de la pasión incondicional que un amante (algo vandálico) siente hacia su enamorado o enamorada. Lo podría haber escrito en un soneto, cantado bajo su balcón o gritado a voz en grito desde la cumbre de una montaña. Pero para qué, si así se entiende mucho mejor.

Cómo este, hay cientos de ejemplos de la vida cotidiana en los que las representaciones visuales de la realidad nos permiten entender y hacer entender a otros mucho mejor conceptos que de otra manera podían resultar complejos o farragosos. Y el mecanismo cerebral que explica esta mayor capacidad de transmisión de las imágenes frente a otras formas de comunicación, es nuestra facultad para pensar visualmente.

El pensamiento visual se desarrolla en el lóbulo frontal derecho del cerebro. Consiste en expresar conceptos a través de dibujos y otras manifestaciones gráficas, son esquemas visuales que permiten concretar una idea. Uno de los campos en los que se ha utilizado con mayor profusión es en el terreno educativo. Diversas investigaciones señalan que hasta el 60% de nuestra metodología de aprendizaje llega por la vía visual. Por ejemplo, en la resolución de un problema. Entre sus muchas ventajas, se pueden citar su universalidad, su economía de recursos o su capacidad para fijar el foco entre todas las personas que se exponen a ese estímulo de forma simultánea y de un solo vistazo. Las representaciones visuales generan menos ruido, menos ambigüedad y producen menos problemas de comprensión que otros registros como la palabra escrita o hablada. “Hablar” gráficamente resulta muy útil para fijar metas, unificar criterios y alinear esfuerzos. Por eso, cada vez más estas técnicas están ganando terreno en entornos y dinámicas empresariales.

Un dibujo ilumina, pone luz allí donde no la había. El especialista en visual thiking Dan Roam, autor del best seller ‘Tu mundo en una servilleta’resume en cuatro puntos las ventajas de aplicar el pensamiento visual a diversas situaciones:

Dirige: Las imágenes te ayudan a clarificar tu visión y a compartirla con otras personas para que vean en qué dirección quieres ir.

Vende: Las imágenes te ayudan a comprender en profundidad un problema y a mostrar a otras personas que tienes una manera de resolverlo.

Innova: Las imágenes te ayudan a contemplar las mismas cosas de nuevas maneras y a encontrar formas de mejorar sensiblemente esas viajas fórmulas.

Entrena: Las imágenes te ayudan a mapear tus pasos, de manera que puedes enseñar a otras personas a seguir ese mismo camino.

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Las ventajas de amar al enemigo

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Nuestra mente es traicionera. Nos engaña, se engaña a sí misma. Tiene la fea costumbre de emitir juicios manipuladores en nuestras relaciones con los demás, de refugiarse en mecanismos mentales preestablecidos. Son esos perversos automatismos que hacen que el padre vea al hijo como un vivalavirgen descerebrado y que el hijo al padre como un obtuso anclado en el pasado; que el jefe vea al empleado como un incompetente y el empleado al jefe como un tirano y un incoherente, que el cliente vea al proveedor como un manipulador aprovechado y el proveedor al cliente como un pesado desagradecido.

No se asuste si se ha visto reflejado en estos esquemas; es normal. Nuestro cerebro está diseñado para defenderse de la realidad, y uno de esos mecanismos de defensa consiste en contemplar al de en frente de acuerdo a nuestros propios parámetros. Tratamos a los demás cómo nosotros les vemos, pero eso no quiere decir que sean así. Y nos pasamos la mayor parte de nuestra vida intentando cambiar a los otros en lugar de cambiarnos nosotros. Por esa razón saltamos con facilidad ante la primera señal de alarma. De ahí que nos pasemos la vida etiquetando a los demás, señalando sus defectos, intentando pillares, cogerles en un renuncio para tener nosotros razón. Pero Platón ya nos advirtió de que debíamos ser amables con el prójimo, porque cada persona que conocemos está librando su propia batalla. Una batalla que es, al menos, tan ardua como la nuestra.

La biología nos ayuda a explicar los mecanismos que desencadenan la empatía (o la ausencia de ella) hacia los demás. La empatía es la capacidad de entender la perspectiva del otro aunque no se esté de acuerdo con esa visión. Sin juicios. Y esta capacidad viene marcada por dos hormonas: la oxitocina y la vasopresina, ambas liberadas desde los núcleos supraóptico y paraventricular del hipotálamo del cerebro. De composición muy similar (desde el punto de vista de químico sólo se diferencian en dos aminoácidos), tienen, sin embargo, efectos opuestos en nuestra interacción con los demás.

A la oxitocina se la conoce como la hormona del amor. Es, por ejemplo, la que generan las mujeres parturientas en los momentos previos a dar a la luz. Esta hormona actúa sobre el núcleo central de la amígdala del sistema límbico y su efecto es de protección. Básicamente, lo que hace es generar sensación de peligro o miedo, lo que activa los mecanismos de protección del organismo. En el parto, protege al bebé al generar una respuesta inmunológica en la madre contra posibles infecciones. Pero además de esos efectos físicos, la oxitocina también nos protege de los desajustes emocionales que nos provoca la interacción con las personas de nuestro entorno.

Por el contrario, la vasopresina provoca el efecto contrario, es un inhibidor del miedo. Y cuando nos encontramos liberados del miedo, relajamos las defensas emocionales y abrimos los brazos a los demás. Somos más receptivos a ponernos en el lugar de nuestros semejantes, y, por tanto, a practicar la empatía. Un abrazo, una caricia, un beso o un encuentro sexual, liberan vasopresina. Por el contrario, una discusión acalorada dispara los niveles de oxitocina.

En el campo neuronal, gracias a trabajos como los de Giacomo Rizzolatti sobre las neuronas espejo o a los descubrimientos sobre las neuronas en huso, conocemos algo más acerca del modo en el que los seres humanos somos capaces de percibir los estados de ánimo de otras personas aunque no los verbalicen. Si están tensas, sensibles o preocupadas. Si combinamos esos descubrimientos con lo que sabemos acerca de las hormonas, de ese equilibrio surgen surgir nuevas posibilidades de acercarnos más a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Porque ese entendimiento nos permitirá asimilar que las diferencias de punto de vista, percepción, culturales, de valores o de opinión, lejos de ser motivo de enfado, son perfectamente normales, y desde ahí, podemos aprender a aceptar al otro.

Es decir, a mayor nivel de conciencia de que estamos siendo secuestrados por nuestra percepción de la realidad y nuestra necesidad de protegernos ante eventuales agresiones, más fácil nos será sentir compasión (no en el sentido de “lástima”, sino en el sentido psicológico de “aceptación”) por el otro. La consecuencia directa es que disminuye la segregación de oxitocina y aumenta la de vasopresina. Sentimos menos dolor y se incrementa nuestra capacidad de cooperación.

Hace miles de años el maestro chino Lao Tse dijo: “las personas nacen suaves y blandas; Muertas, son rígidas y duras”. Si viviera hoy, podría reformular ese axioma en: “Las personas nacen vasopresínicas y se vuelve oxitocinicas”.

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El reto Pepsi y la inteligencia intuitiva

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

A finales de los 80, convencida de que su producto era mejor que el de su eterno competidor, la multinacional de bebidas refrescantes PepsiCo lanzó un órdago al mundo al que llamó “El Reto Pepsi”. Se trataba de un macro estudio de mercado realizado delante de las cámaras con el que, básicamente, se proponía demostrar que los consumidores preferían el sabor de Pepsi al de Coca-Cola. Si el experimento salía bien, razonaron los directivos del eterno “número 2”, lo contarían a los cuatro vientos con una campaña publicitaria a escala planetaria y así conseguirían revertir la tiránica hegemonía en ventas del poderoso competidor.

Y así lo hicieron. Desplegando todo su poderío de recursos, se montaron mesas por los cinco continentes en las que se ofrecía a consumidores de toda clase y condición dos bebidas de cola sin marcar en dos vasos idénticos. Junto a los vasos, sendas botellas ocultas bajo unas cubiertas opacas para que los participantes no supieran a qué marca pertenecía cada una de las muestras. A los cientos de miles de personas que participaron en el experimento en todo el mundo se les pidió una sola cosa. Debían probar un único sorbo de cada uno de los refrescos y decir cuál de los dos les había gustado más. A continuación, la persona que conducía la prueba levantaba los envoltorios desvelando cuál de los dos refrescos había escogido el participante.

Para regocijo de los inventores de la idea, alrededor de 2 de cada 3 participantes escogieron Pepsi. Sin embargo, ese resultado abrumador no logró revertir las ventas. Los directivos no se lo explicaban. ¿Por qué los consumidores seguían prefiriendo Coca-Cola si, a tenor de los resultados del reto, resultaba evidente que les gustaba más el sabor de Pepsi?

La explicación está en que un único sorbo no era suficiente para determinar una decisión de compra. Esta venía determinada por el uso continuado del producto, por lo que pensaba el consumidor tras beberse toda la botella. Y ahí, ganaba Coca-Cola. ¿Por qué? La razón está en que nuestra mente está atrapada en una trampa de percepciones. Aunque ambas marcas tienen un contenido de azúcar parecido, Pepsi tiene un sabor más dulce, por eso la primera impresión es positiva. Sin embargo, cuando has ingerido la botella en su totalidad, se produce una elevación de azúcar en sangre y una cierta sensación de que hemos hecho algo mal. Salta un resorte en nuestra cabeza que nos indica que aquello no puede ser del todo bueno.

En términos científicos, la explicación a esta paradoja la encontramos en concepto de Inteligencia Intuitiva Blink, desarrollado por el historiador, periodista y ensayista inglés Malcolm Gladwell. Según este autor, el ser humano es capaz de tomar decisiones acertadas e incluso mejores que aquellas que son planeadas durante largo tiempo a partir de una información muy limitada. En este caso concreto, nuestras creencias y experiencias pasadas nos llevan a desechar algo que nos ha gustado porque nuestra inteligencia intuitiva nos hace catalogarlo como negativo para nosotros.

En el año 2003 el neurocientífico Read Montague, de la Universidad de Houston, quiso repetir el experimento con una muestra de 67 individuos, sólo que en esta ocasión aplicó técnicas de resonancia magnética que registraron la actividad cerebral de los participantes mientras realizaban la degustación. La mitad del grupo realizó el experimento en idénticas condiciones a cómo fue concebido originalmente: una prueba a ciegas a partir de un solo sorbo. Los resultados fueron también muy similares, con los participantes optando mayoritariamente por el sabor de Pepsi. Sus cerebros, además, confirmaron esta elección, ya que la resonancia mostró como en el momento de ingerir esta bebida se producía un incremento de actividad en el putamen ventral derecho, la zona del cerebro encargada de registrar, entre otras, la sensación de sabor agradable.

El resto del grupo realizó la prueba con las latas de refresco visibles; es decir, sabiendo en todo momento lo que estaban bebiendo. El 75% de este grupo escogió Coca-Cola. Lo más llamativo de este dato es que la resonancia mostró que la parte del cerebro que mostraba actividad en este caso no era la misma que en el otro grupo, sino la corteza prefrontal, o sea, allí donde tiene lugar el pensamiento racional y donde se discierne lo o bueno de lo malo. En otras palabras, los que escogían Coca-Cola no lo hacían porque les gustara más, sino porque su inteligencia intuitiva les llevaba a pensar que era mejor para ellos.

 

 

 

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¿De dónde sale la motivación?

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Fue a finales de los años 40 del siglo pasado cuando el psicólogo norteamericano Harry Harlow realizó un experimento que acabó con muchas de las creencias existentes hasta la fecha acerca de las palancas que mueven a los seres vivos a perseguir un determinado objetivo. Eso a lo que llamamos motivación.

Hasta ese momento la teoría más extendida entre la comunidad científica seguía las pautas de la tradición conductista: que los estímulos que ponían a las personas en movimiento eran fundamentalmente de carácter externo. Básicamente, se pensaba que únicamente las recompensas que proceden del exterior eran capaces de detonar la acción.

Harlow desmotó esta idea mediante un experimento realizado en su famoso laboratorio de primates de la Universidad de Wisconsin. Para ello cogió a ocho macacos rhesus, les encerró en una jaula y les entregó un juguete consistente en una tabla de madera con una trampilla que se accionaba mediante un rudimentario mecanismo. El objetivo era que los monos aprendieran a abrir la trampilla accionando dicho mecanismo por sus propios medios y sin ningún tipo de estímulo adicional.

La primera fase del experimento tenía una duración de 14 días, a lo largo de los cuales los investigadores se limitaron a observar. Los monos tardaron entre dos o tres días en aprender a accionar la trampilla. Una vez comprendido el mecanismo, se dedicaron a jugar con ella abriéndola y cerrándola repetidamente. En las fases finales de la investigación ya eran consumados expertos en el arte de abrir y cerrar trampillas. En dos de cada tres veces eran capaces de hacerlo en menos de 60 segundos, y en una de cada tres, en menos de 30. Es importante recalcar que en ningún momento los monos recibieron una golosina, caricia, felicitación ni ninguna otra clase de recompensa por sus logros.

La conclusión la que llegaron Harlow y su equipo fue que, ya que no había ningún tipo de condicionante externo implicado, aquellos monos solo podían operar movidos por otra clase de estímulo. Algo que procedía del interior del individuo: la mera satisfacción personal por la tarea completada. Acababan de descubrir lo que en la actualidad se conoce como recompensa por la tarea. A partir de aquel momento y trasladado a los humanos se comenzó a hablar de la existencia de un impulso biológico que nos hace actuar de forma repetitiva por decisión personal sobre la resolución de un problema o la ejecución de una tarea.

Se trata de un avance decisivo en el estudio del comportamiento humano. La constatación de que las personas se sienten útiles y llenas de energía por el simple hecho de realizar un buen trabajo. De que el desempeño de la tarea genera por si solo un goce y una motivación intrínseca. Y que ese es, de hecho, el mayor factor motivador que puede existir.

El experimento de Harlow no terminó ahí. A partir de día 14 se inició una nueva fase en la que los monos siguieron jugando a abrir y cerrar la trampilla. Con la particularidad de que en esta nueva etapa sí eran premiados con una golosina cada vez que lograban completar la tarea. Además, se introdujeron nuevos factores externos como una música estridente que sonaba ocasionalmente o cambios en la iluminación. Los investigadores observaron cómo todos estos elementos tenían una incidencia directa en el resultado del experimento. Por ejemplo, cada vez que sonaba la música o bajaba la intensidad de la luz, los monos dejaban de jugar con la trampilla. Y una cosa más: que en el momento en que dejaron de recibir la golosina abandonaron la tarea por completo.

De lo que se extrae una segunda conclusión. Que si bien los factores externos no son determinantes para la motivación, sí pueden ser poderosos factores desmotivantes. Los sujetos no necesitan un estímulo externo para realizar una actividad que les proporciona satisfacción intrínseca, pero una vez que lo reciben se vuelven dependientes del mismo. Trasladado al mundo del trabajo, los llamados factores higiénicos (un buen sueldo, un buen clima laboral, un jefe competente y comprensivo) funcionan como una especie de peaje de entrada. No podemos prescindir de ellos, pero en el fondo no son lo que nos mueve a dedicarnos en cuerpo y alma a una profesión.