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¿Por qué nos acobardamos cuando más valientes deberíamos ser? (parte I)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Dicen que no hay nada más peligroso que una fiera acorralada. Y si uno lo piensa, tiene mucha lógica, porque ¿qué mejor momento para sacar el coraje a relucir que cuando más hace falta? Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas. En los momentos de máxima tensión y exigencia es cuando se mide el valor de las personas, cuando hay que dar el do de pecho, cuando hay que tomar al toro por los cuernos, sacar lo mejor de uno mismo, al luchador que llevamos dentro… Podríamos seguir todo el día con este tipo de afirmaciones exaltando la habilidad de los seres humanos para tirar de heroísmo justo en el momento en que las cosas se ponen más difíciles… Si no fuera porque es, sencillamente, mentira.

Sí, la pura verdad es que somos tirando a cobardes. Nadie lo diría teniendo en cuenta las cotas que ha alcanzado la humanidad, lo guerreros que hemos sido o que hemos llegado hasta la mismísima Luna. ¿Nos habremos vuelto timoratos con el tiempo? No nada de eso, en realidad, nunca hemos sido valientes. Es decir, biológicamente no estamos diseñados para serlo. En nuestro cerebro existe una amígdala, la amígdala del miedo, que se pone en funcionamiento cada vez que detecta una amenaza y cuyo efecto principal es justo el contrario al que nos referíamos al comienzo de este post. Es decir, hace que nuestro primer impulso sea comportarnos de una manera contenida y tomando pocos riesgos, que nuestra primera idea sea: “ante situaciones desesperadas, medidas cautelosas”.

Científicamente hablando, la amígdala es una estructura subcortical que se encuentra en la zona interna del lóbulo temporal medial de nuestro cerebro. Forma parte del sistema límbico, también conocido como cerebro emocional, responsable de regular las respuestas fisiológicas del cuerpo ante determinados estímulos. Esa pequeña estructura es la responsable de buena parte de nuestras precauciones y de que ante un determinado estímulo muchas veces optemos por la alternativa menos arriesgada.

No deberíamos ser demasiado duros con la amígdala del miedo, al fin y al cabo, es la responsable en buena medida de hayamos llegado tan lejos como especie. Unos animales no muy fuertes, no muy rápidos, no muy hábiles en el agua, incapaces de volar, con poca resistencia al frio o al calor, sin apenas pelo en el cuerpo, con dientes pequeños y uñas quebradizas en lugar de garras. Si la amígdala no hubiera hecho su trabajo evitando que nos metiéramos en líos ante el entorno hostil en el que nos ha tocado vivir, hace siglos que nos habríamos extinguido.

El problema es que ese mismo mecanismo de defensa, en ocasiones, nos sobreprotege, impidiéndonos responder de la manera en que sabemos o podemos ante un determinado estímulo o desafío. Es cuando nos asaltan las dudas y empezamos a cuestionarnos nuestra propia capacidad. Cuando nos atacan pensamientos sombríos como el “no sé si podré” o el “no me veo capaz”. Nos dejamos conquistar por el miedo y no nos atrevemos a dar ese salto que el fondo de nuestro ser sabemos que deberíamos dar.

Que no cunda el pánico. A todos nos ha sucedido eso alguna vez. Es perfectamente normal, ya que, repito, estamos diseñados biológicamente para ello. Lo importante es saber identificar esos frenos y tratar de escapar de su influjo. Pero antes de antes de pasar a analizar posibles mecanismos de desactivación, conviene hacer una distinción entre los diferentes tipos de miedos. Por un lado está el miedo que nos pone en estado de alerta y nos predispone para la acción. Ese tipo de miedo es positivo, ya que lo que hace es aumentar nuestro nivel de concentración y nos ayuda a poner el foco en la tarea a la que nos enfrentamos. También nos hace ser más conscientes de los posibles riesgos y consecuencias de nuestras acciones, con lo que nos impide comportarnos de manera temeraria o irresponsable.

El verdaderamente problemático es otro tipo de miedo al que podríamos llamar “temor tóxico”, que lo que hace es una previsión negativa de nuestras acciones, es decir anticipa un fracaso de algo que ni siquiera hemos acometido todavía. A ese tipo de temor, nos referiremos en la segunda parte de este post.

Para leer el artículo haz click aquí: https://www.larazon.es/blogs/sociedad-y-medio-ambiente/biologia-de-la-normalidad/por-que-nos-acobardamos-cuando-mas-valientes-deberiamos-ser-parte-i-JF24124287

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DESIGN THINKING: INSTRUCCIONES DE USO

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Es una de las metodologías de moda, y no hay proyecto de innovación que no la incorpore como un elemento básico en su desarrollo. El design thinking ha llegado para quedarse y ya ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano de los negocios, especialmente cuando se trata de crear nuevos productos o servicios. Pero, ¿qué es exactamente el design thinking y cuándo y cómo debemos utilizarlo?

Una traducción literal del inglés ya nos ofrece una primera pista acerca de los fundamentos de esta metodología rompedora. El “pensamiento de diseño”, en efecto, bebe de la manera de trabajar de los diseñadores a la hora de conceptualizar un nuevo producto, un edificio, un logotipo, etc. Design thinking combina una manera de pensar creativa con una metodología rigurosa que sigue un desarrollo secuencial por etapas. Sus aplicaciones son múltiples, tanto en entornos de negocios, como educativos o en desarrollos de software, y está especialmente indicado para aterrizar procesos de innovación y para aportar soluciones alternativas a problemas concretos.

El concepto no es ni mucho menos nuevo y procede de las metodologías utilizadas en los procesos creativos que ya se veían en los años 50 y 60 del Siglo pasado. Aunque la gran novedad que presenta en nuestros días es que ha abandonado los nichos de creación de diseño industrial o publicitario a los que solía circunscribirse para extenderse a multitud de campos en los que se precisan nuevos modelos productivos más ágiles e iterativos. De hecho, las características de design thinking hacen que esta metodología encaje como un guante con los nuevos sistemas “agile, siendo uno de sus principales exponentes. La colaboración estrecha con el cliente, que participa en el  proceso de una manera muy activa, o el hecho de apoyarse del error para integrar aprendizajes y buscar la mejora continua a través de la repetición, son dos de estos rasgos.

El pensamiento creativo se desarrolla en una serie de etapas que permiten cubrir todo el proceso. Si bien, estas etapas no son necesariamente secuenciales, sino que llegan a solaparse en procesos repetitivos cada vez más rápidos y breves. Estas son las cinco fases:

 

  • Empatizar

 

Las personas son la principal materia prima de la que se nutre design thinking. La experiencia de uso de clientes y del resto de stakeholders relacionados con el producto o servicio en desarrollo es la principal fuente de información de la que se nutren sus desarrolladores. Y no basta con que se la cuenten. Hay que vivirla muy de cerca para empaparse de cuáles son sus necesidades y sugerencias sobre el terreno.

 

  • Definir el problema

 

El siguiente paso consiste en definir cuáles son las áreas de oportunidad que genera la situación, así como determinar qué problemas o desafíos supone. La adecuada formulación del problema a resolver o de la necesidad a cubrir resultan vitales para el éxito del proyecto.

 

  • Soluciones

 

La siguiente fase se adentra en el territorio de ofrecer distintas soluciones al problema definido. Es la fase más libre y flexible. Cuanto mayores y más diversos sean los aportes multidisciplinares que se obtengan, mayores serán las posibilidades de éxito. Técnicas como el brainstorming (tormenta de ideas) son especialmente adecuadas en esta fase, con espíritu abierto y fomentando la participación.

 

  • Prototipar

 

Con las ideas resultantes ya estamos en condiciones de empezar a crear modelos y prototipos. Las representaciones visuales del producto o servicio son especialmente relevantes en esta fase, ya que ayudarán a seguir mejorando y ajustando las versiones beta en su camino hacia un primer modelo comercializable.

 

  • Evaluar

 

Por fin ya estamos en condiciones de que el usuario interactúe con el prototipo y de empezar a trabajar en mejoras a partir de su feedback. Esta retroalimentación puede obligar a repetir cualquiera de las fases anteriores, por lo que conviene estar muy atentos a esta etapa y trabajar codo con codo con el cliente en esa experiencia de usuario.

 

 

 

 

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AGRADECIDOS

Ha llegado el verano.
Se acerca el fin de los
seis primeros meses del año.
Días de calor, de color,
de salitre y mar,
de fuego y hogueras,
de vino frío, de paseos al atardecer,
de noches con amigos…

Han sido seis meses
de mucho laboro;
y de cambios.
De subidas y bajadas.
De ganancias y pérdidas.
Como la vida tiene que ser,
como ella misma.

Meses llenos de muchos viajes,
de movimiento discontinuo,
de avance, y de retrocesos.
De allí para acá.
De acá para allá.

En Think&Action
hemos estado
con muchos clientes nuevos
y con otros de siempre.
Todo proyectos a los que
estamos muy A G R A D E C I D O S.
Felices con nuestro trabajo.
Con nuestros Clientes,
con nuestros Partners.

Hemos compartido tiempo y talento,
entre otros, con amig@s de:
QUADPACK, PIKOLINOS, GRUPO VERNE,
LILLY, BAYER, REE, GRIFOLS,
EUROFRAGANCE, HYUNDAI,
ELANCO, PANET, SAFFRON,
CONWAY, NR-SUR, IBERCAJA,
LALLEMAND, CHERUBINI, BFF,
ALDI, IDDI, GARRIGUES, MERCK,
CORREOS, FAURECIA, AGENCIA DE MEDIOS,
GESTIONANDO HIJOS, DOMTI,
GURPO MORA, DANONE, BP, IAP, JUNG
INSUD PHARMA, BOHERINGER, REPSOL,
GRUPO ANTOLÍN, VALID, GO UP,
ROCHE, CENTRAL LECHERA ASTURIANA, …

Encantados de haber
estado con todos vosotr@s.
Lo mejor, nuestros clientes.

También agradecer a los
profesionales y partners
que en muchos momentos nos acompañan.
Tales como:
ÁLVARO MERINO, PILAR PARDO, ANDREA,
TONI NADAL, JORGE BLASS, DANIEL ABAD,
PEPO, MANU FEIJÓ …

También muy agradecido
a todo el equipo de Think&Action,
capitaneado por Estela Sánchez.
Sin ella nada sería igual.
TOP de las TOP !!!

Vamos a por los seis
siguientes meses del 2019.
Mucho por HACER !!!!
#elfactorH
#bienvenidosR4

Ganas de veros,
de encontrarme con todos vosotros.
También con un nuevo libro
entre mis dedos del ordenador.
Os cuento muy pronto…

Dejo algunas fotitos por aquí.

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Por qué el CERO vale tanto en marketing

Fernando Botella, CEO de Think&Action

La cifra cero no vale nada en términos matemáticos, pero posee un enorme valor psicológico.

Ganarse un “¡Cero patatatero!” es una de las peores cosas que nos puede suceder. Ya sea en la nota de un examen, en el décimo de lotería de Navidad o en el testamento del tío Juan, el cero es, sin duda, el más desalentador de los escenarios. Sabios como Aristóteles y Pitágoras incluso sugirieron negarle la categoría de número, y de hecho, no fue hasta bien entrado el Siglo XVI cuando las matemáticas modernas tuvieron a bien abrirle las puertas a esta cifra tan redonda como denostada y vacía de contenido.

Se diría que el cero es el patito feo de los cifras, un mal necesario al que tenemos que recurrir a nuestro pesar para coronar las decenas, centenas o millares. Y sin embargo, fuera de las férreas normas matemáticas, este número tiene una enorme influencia en nuestras vidas. Sí, los seres humanos sentimos auténtica fascinación por el cero. Concretamente, por aquello que nos cuesta cero, por aquello que es gratis.

Está demostrado científicamente que las personas establecemos una conexión con las cosas que conseguimos sin tener que dar nada a cambio. Lo gratis nos atrae como un imán, y precisamente porque lo hemos obtenido sin tener que aflojar el bolsillo, conferimos a ese objeto o servicio un valor incluso superior al de algunas de nuestras posesiones más caras. Es una conexión emocional que trasciende el sentido común. De pronto, amamos a esa posesión, creemos que estamos hechos el uno para el otro y que debió ser nuestra ya desde el mismo momento en que vinimos al mundo.

El marketing lleva muchos años ha explotado esta fascinación por el cero. Es, por ejemplo, el mecanismo que prácticamente garantiza el éxito en ciertas promociones comerciales como el “2 x 1”,”3 x 2”, segunda unidad a mitad de precio o envases con un 30% de producto extra por el mismo precio. Las tarjetas de fidelización que ofrecen infinidad de compañías como líneas áreas, restaurantes, grandes almacenes o gasolineras son otra de sus máximas expresiones. Mediante esta técnica, las empresas premian la fidelidad de sus clientes ofreciéndoles pequeños descuentos y ventajas. La tarjeta es gratuita para el cliente, y él estará encantado de tenerla y disfrutarla, y de ese trato deferente que se tiene con él. Esa simple tarjeta le convierte en “especial”, algo que recordará cada vez que la saque de la cartera para intercambiarla por alguna de esas promociones o descuentos. Y eso hará que no quiera desprenderse de ella por nada del mundo. Por esa razón, si al año siguiente, la compañía decidiera retirársela (recordemos que la tarjeta le ha costado CERO al cliente), su beneficiario se sentirá gravemente ultrajado y hasta “robado”.

Dan Ariely, el investigador norteamericano, llevó a cabo un revelador experimento que vino a demostrar la extraña fascinación que sentimos por el cero. Ofreció a un grupo de personas dos bandejas que contenían onzas de chocolate de dos marcas distintas, cada una de ellas a un precio diferente. En la primera bandeja el chocolate era de una conocida marca norteamericana y se ofrecía al módico precio de 5 centavos la onza; mientras que en la segunda había chocolate de una prestigiosa marca europea un poco más caro, 15 centavos la onza. El 78% de las personas escogieron comer del chocolate más caro porque asociaron la diferencia de precio a la calidad del mismo.

Ariely y sus colaboradores repitieron la experiencia con un segundo grupo, y en esta ocasión el chocolate norteamericano se ofreció gratuitamente y por el europeo se pedían 5 centavos. En otras palabras, no sólo el chocolate de mejor calidad costaba sensiblemente menos que antes, sino que también la diferencia de precio entre ambas variedades se reducía mucho. Paradójicamente, sin embargo, en esta segunda ronda el 91% de las personas escogieron el chocolate gratuito. Es más, también se animaron a probarlo un número significativo de personas que previamente había declarado que no les gustaba el chocolate. Esta atracción irresistible por el CERO está detrás de numerosas estrategias de marketing. Es, por ejemplo, el mecanismo que prácticamente garantiza el éxito en ciertas promociones como el “2 x 1”,”3 x 2”, segunda unidad a mitad de precio o envases con un 30% de producto extra por el mismo precio.

En términos psicológicos, nuestra casi obsesión por lo gratis se explica en el hecho de que el ser humano establece dos tipos de relaciones distintas. Están las transaccionales, la clásica compra-venta, y las sociales, que se apoyan precisamente en valores emocionales y que son las que activa el valor CERO. Estas últimas no tienen un componente monetario, sino que se basan en sustratos más emocionales. De igual manera que nunca se nos pasaría por la cabeza pedirle “la cuenta “a unos amigos cuando vamos a cenar a su casa, las marcas también tratan de relacionarse con sus públicos más allá de la pura transacción comercial y buscan la conexión social y emocional.  Empresas como Amazon -con sus ventajas PRIME-, IKEA -donde se puede comer a un precio irrisorio mientras los niños juegan en la zona infantil- y otras muchas saben muy bien que el amor es la mejor política de fidelización que pueden poner en marcha con sus clientes. Y que su coste ha de ser siempre CERO.

 

Fernando Botella, CEO de ThinK&Action es Business Trainer, experto en talento, liderazgo, innovación y transformación de las organizaciones.

Es, además, un reconocido speaker en temas relacionados con su experiencia avalada en empresa: gestión y desarrollo de personas,  innovación, Pensamiento Disruptivo, el liderazgo y la transformación cultural
Además es doctor en Ciencias Biológicas, hizo su tesis doctoral  en el MIT (Massachusetts Institute Of Technology), es Master en Dirección y Administración de Empresas por ICADE y Coach Ejecutivo Diplomado por la Escuela Europea de Coaching. Con más de 25 años de experiencia en diferentes puestos de Dirección en la industria farmacéutica.
Profesor de Escuelas de Negocio como ESADE, EOI, IE, y de Universidades prestigiosas como la Universidad Central de Florida  y el Instituto Disney.
Autor de libros como “Bienvenidos a la Revolución 4.0” publicado en mayo del 2018 y prologado por José Luis Cordeiro; “El factor H”, publicado en febrero de 2016 prologado por Santiago Álvarez de Mon.
La fuerza de la ilusión” junto al mago Jorge Blass con quien además comparte conferencia o  “Atrévete“, con prólogo de Toni Nadal.

 

 

 

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¿Cómo funciona la metodología Scrum?

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Si algo caracteriza a las empresas de hoy es su agilidad. Los sistemas ágiles definen una operativa organizativa que reduce drásticamente los tiempos de desarrollo de un producto desde su concepción inicial hasta su versión entregable. De hecho, agile, lo que hace es comprimir ese proceso, solapando sus fases de tal manera que deja de estar claro dónde esté el comienzo y dónde el final.  Si bien “agile” no es una metodología en sí misma, su aplicación se sustenta en diversos métodos desarrollados a su rebufo como design thinking, lean startup o custumer development. De todas ellas hay una en particular que explota como ninguna las capacidades exponenciales del trabajo colaborativo entre los miembros de un equipo y el resto de agentes implicados. Esta metodología se llama Scrum.

Scrum (marcos de desarrollo ágiles) es un modelo que fue definido por primera vez por los japoneses Nonaka y Takeuchi a principios de los 80 tras analizar los sistemas de trabajo de algunas de las compañías tecnológicas más punteras del momento. Hoy este sistema ha tenido un enorme calado en las organizaciones de todo el mundo, y trascendiendo el ámbito informático en el que surgió para extenderse por todo tipo de sectores y proyectos, especialmente en aquellos que requieren altas dosis de rapidez y flexibilidad. Además. su aplicación no es solo útil para la realización de productos y servicios de cara al cliente sino que también tiene interesantísimas aplicaciones a nivel interno, por ejemplo para agilizar los procesos propios de las políticas de Recursos Humanos.

Scrum parte de una serie de roles como son Scrum Máster, quien desempeña las funciones de manager y coordinador; Product Owner, cuya misión principal es hacer de nexo con los distintos grupos de interés o stakeholders (clientes, proveedores,  vendedores, etc.) implicados y, por último, el equipo de trabajo encargado del desarrollo.

El funcionamiento de Scrum es el siguiente: durante un periodo de tiempo que, por lo general, puede durar entre una y cuatro semanas, el equipo crea una versión beta del trabajo que ya está en disposición de ser entregada al cliente. Esa versión es compartida con el Product Owner quien la conecta con el resto de personas implicadas en el proyecto para su estudio y mejora. El proceso se caracteriza por su alto nivel de comunicación y colaboración entre todos los miembros del equipo, con reuniones diarias para actualizar los progresos, descartar errores e introducir mejoras.

Entre las ventajas de esta metodología destaca su agilidad para gestionar las expectativas del cliente, ya que las interacciones con él son tan frecuentes que prácticamente se ajustan sobre la marcha, evitando así sorpresas y mejorando significativamente el alineamiento. La integración de los distintos participantes en equipos autónomos y autogestionados y es también una fuente de motivación para sus miembros. Todo ello redunda en una reducción significativa de los tiempos de trabajo.

De alguna manera, Scrum pliega el tiempo, difuminando las fases y convirtiendo a los distintos participantes en el proyecto, en agentes no pasivos sino activos y protagonistas a lo largo y ancho del proceso.

Pero, ¿cómo se aterriza todo esto al trabajo real. Hay una serie de puntos que pueden ayudarnos a aplicar Scrum a nuestros proyectos.

 

  1. Nombrar al Product Owner.

Es una figura fundamental, así que hay que poner los cinco sentidos en su elección. Ya sabemos que esta es la persona que tiene claro cuál es el objetivo final del proyecto. El producto o servicio que se quiere crear para cubrir una determinada necesidad. El Product Owner tiene la visión y también ha de manejar conceptos clave como riesgos, costes y una estimación realista de lo que es posible o no conseguir.

 

  1. Montar el equipo.

Llega otro momento fundamental. Montar el equipo que va a realizar el trabajo sobre el terreno. Necesitamos que sea un equipo no demasiado grande (entre 3 y 9 miembros) pero la suficiente complementariedad y nivel de expertise para poder encargarse del trabajo de manera autónoma. A la hora de su concepción será importante que sus miembros posean las habilidades que previamente hayamos identificado como claves para el éxito del proyecto.

 

  1. Nombrar al Scrum Master.

El Scrum Máster es otra figura fundamental. Por un lado es quien coordina al equipo con el resto de agentes implicados. También es quien monitoriza la buena marcha de los trabajos y regula los flujos de trabajo. Es al mismo tiempo un impulsor, un motivador y un solucionador de problemas.

 

  1. Crear un backlog.

Un backlog es una hoja de ruta, una lista de objetivos que incluye todo aquello que debe hacerse para convertir la visión en realidad. Se trata además de una lista viva, que crece y cambia a lo largo del proceso. Como toda buena lista, establece prioridades y va “tachando” los hitos conseguidos dejando en tipografía destacada las tareas pendientes.

 

  1. Hacer estimaciones.

Es importante que las personas implicadas en el proyecto realicen estimaciones realistas sobre el tiempos, recursos y esfuerzos que les llevará completar cada tarea, y que todos los implicados las conozcan y las tengan en cuenta para sus propias estimaciones.

 

  1. Planificar los sprints.

Llega el momento de que equipo, Scrum Máster y Product Owner se reúnan para empezar a planificar los distintos sprints. El factor tiempo es muy importante y tiene que estar claro desde el comienzo cuánto va a durar cada uno de los sprints. Una o dos semanas suele ser lo normal, aunque también es posible acortarlos o estirarlos una semana más o menos. La reunión debe acabar en acuerdo total y con todos los implicados alineados.

 

  1. Visibilizar el trabajo.

Como buena metodología agile, si queremos extraer el máximo provecho de Scrum, debemos hacerlo visible en formatos gráficos, mapas conceptuales y otros recursos que permitan al equipo tener aproximaciones al estado del proyecto en cualquier momento y de un solo vistazo. Una de las formas más efectivas es mediante una pizarra con tres columnas que dividan las tareas en “Pendiente”, “En proceso” y “Hecho”.

 

  1. Reunión diaria.

Scrum es un ente vivo y la mejor manera de tomarle el pulso es con monitorizaciones continuas y sistemáticas. Coger el hábito de celebrar una pequeña reunión diaria de no más de 15 minutos con los implicados para analizar avances, posibles incidencias y próximos pasos permite que el proyecto progrese sin demasiados sobresaltos.

 

  1. Revisión.

La revisión es una demostración del sprint. Una reunión en la que el equipo muestra lo realizado durante el sprint. Quizá no se a un producto terminado, pero sí debería contener la base para empezar a funcionar en poco tiempo. En esta reunión es útil que estén presentes el resto de stakeholders implicados como directivos, otros equipos o los clientes.

Una vez realizada la revisión, toca reflexionar acerca de logros, posibles fallos y mejoras a introducir. El feedback del resto de stakeholders resultará vital en esta fase. Al final de esta reunión, deben quedar claras los objetivos y mejoras que se van a incorporar de cara al siguiente sprint.

 

  1. Siguiente Sprint.

Sin dilación y sobre la base de los puntos anteriores, el ciclo comienza de nuevo.

 

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¡A tu cerebro le gusta ganar! (parte 2)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Nos gusta pensar que en el juego de la vida todos partimos con las mismas cartas y posibilidades. Sin embargo, no hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que esto no es del todo cierto. Antes se solía decir que el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, en el que juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Parece un tanto exagerado, pero lo cierto es que todos hemos observado cómo hay personas, familias, equipos, empresas o naciones que parecen más proclives éxito que otros. Evidentemente factores como la educación recibida, los medios materiales o los contactos influyen. Sin embargo, muchas veces se pasa por alto otro elemento que tiene una influencia decisiva en que la trayectoria de una persona sea más o menos exitosa. Y es el hecho de que el éxito, como ya adelantábamos en la primera parte de este post, se puede entrenar.

Los científicos aconsejan diversas técnicas para entrenar a nuestro cerebro en el éxito. Una de las más extendidas y utilizadas con profusión, por ejemplo, por los deportistas profesionales es la visualización. Mediante esta herramienta, nos imaginamos a nosotros mismos resolviendo con éxito una situación que nos preocupa pero que aun no se ha producido (un examen, una entrevista de trabajo, una presentación en público, un partido de tenis…). De esta manera, engañamos a nuestro cerebro, haciéndole creer que está viviendo una experiencia real cuando únicamente se trata de una proyección. Sin embargo, nuestro órgano pensante no la procesará como tal, sino que almacenará en el subconsciente esa experiencia como vivida, y cuando se presente la situación real, la recuperara para utilizarla como antecedente en nuestro beneficio. Como dice el investigador John Assaraf, creador de la metodología “Tablero de Vision” -metodología que consiste en hacer una representación en imágenes de lo que una persona quisiera tener o hacer con su vida como punto de partida para llegar hasta ese objetivo-, “si puedes visualizarlo, puedes materializarlo”.

Repetirnos diariamente a nosotros mismos afirmaciones de carácter positivo (del estilo de ‘¡tú puedes!”) es otro buen recurso para ayudarnos a poner a nuestro cerebro en modo ganador. Como ya veíamos con la técnica de la visualización, nuestro cerebro no distingue muy bien lo real de lo virtual. Por esta razón, las repeticiones sistemáticas de una serie de enunciados vinculados al éxito harán que nuestro subconsciente las imprima en sus patrones como si realmente aquellos deseos se trataran de logros efectivamente conseguidos y no de meros deseos.

No siempre hará falta engañar a nuestro cerebro. Con toda seguridad, cada uno de nosotros puede rememorar situaciones reales de nuestra vida en las que logramos aquello que nos propusimos o realizamos un buen trabajo. Recuperar esos recuerdos de éxito, intentando identificar aquellos comportamientos que nos ayudaron a lograrlos, mejorará nuestra autoestima y nos situará instantáneamente en modo ganador.

La meditación es otra interesante puerta de entrada al éxito. Sus beneficios son múltiples, ya que libera endorfinas y provoca una enorme calma interior en quien la practica, algo que ayuda a romper con todo tipo de limitaciones. Y el éxito es siempre más fácil de alcanzar cuando no está entorpecido por creencias limitantes. El principal inconveniente de la meditación es que no es una técnica sencilla y requiere bastante entrenamiento para llegar a dominarla.

Por último, existen una serie de técnicas relacionadas con hábitos y un estilo de vida saludable que también nos pueden conducir por la senda de la positividad. La ventaja de estos “trucos” naturales es que son sencillos y de fácil aplicación. Por si solos ninguno de ellos obra milagros, pero combinados con otras técnicas, nos pueden proporcionar ese pequeño plus que necesitamos para reprogramarnos en clave ganadora.

Está más que demostrado, por ejemplo, que dormir bien y en un número suficiente de horas favorece las sinapsis, es decir, las conexiones neuronales, incrementando así nuestras posibilidades de encontrar múltiples respuestas ante un problema dado y, por tanto, de resolverlo. Evitar el exceso de azúcar sería otra de estas recomendaciones. Se suele hablar del azúcar como revitalizante por el efecto de “chute” de energía o “subidón” que provoca. Sin embargo, en realidad, ese efecto es bastante engañoso y hasta contraproducente, ya que se trata de una energía que se consume rápidamente y que provoca agotamiento y degeneración en el cerebro. Algo tan de andar por casa como la postura corporal también puede tener su influencia en un resultado. Una postura firme, erguida y abierta, nos va a disponer hacia el éxito mucho más que una espalda encorvada, un ceño fruncido o unos brazos cruzados en actitud defensiva. Por último, pasar un tiempo expuestos a la luz de Sol también es recomendable, ya que ese hábito nos nutre de vitamina D, fundamental para la salud de nuestro cerebro.

Nuestro cerebro es un órgano mucho más flexible de lo que pensamos y puede ser reprogramado con relativa facilidad. Hace falta, eso sí, conocer las técnicas, ser constante en su aplicación, y tener claro el objetivo que perseguimos con ello.

Para leer el artículo haz click aquí: https://www.larazon.es/blogs/sociedad-y-medio-ambiente/biologia-de-la-normalidad/a-tu-cerebro-le-gusta-ganar-parte-2-JH23062902 

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¡A tu cerebro le gusta ganar! (parte 1)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Sobre el fracaso y sus consecuencias existe numerosa literatura en clave positiva. Se dice, por ejemplo, que no puede haber aprendizaje sin error, que de los golpes se aprende, que a las personas se las mide no por las veces que se caen, sino por las que se levantan… Todas estas frases hechas tienen un fondo de verdad, y es que una de las grandes capacidades cognitivas del ser humano es su capacidad para extraer conocimiento útil de sus equivocaciones con el objetivo de no repetirlas en el futuro. Dicho esto, debemos matizar y aclarar el supuesto valor curativo de los fracasos en nuestra mente. Porque ni todas las meteduras de pata tienen ese efecto de vacuna frente a los errores futuros, ni nuestro cerebro está especialmente entrenado para no salirse con la suya.

Lo primero que habría que decir es que no todos los fracasos son fuentes de aprendizaje. Lo serán solo en la medida en que sepamos identificar aquellos comportamientos erróneos que nos impidieron obtener el efecto deseado, y tomemos medidas para corregirlos la próxima vez que lo intentemos. De lo contrario seremos contumaces en el error, y lo único que estaremos haciendo es entrenarnos en él. El error pasa a convertirse entonces en un hábito que se repite sistemáticamente, entrando en un bucle vicioso del que es muy difícil salir. No hay ningún tipo de aprendizaje en esa clase de fracaso.

Por otra parte, aunque podamos salir indirectamente beneficiados de un fracaso, lo cierto es que es que a nuestro cerebro no le gusta perder ni al parchís. Al cerebro lo que le encanta es ganar. El éxito es el responsable directo de que en nuestro organismo se disparen una serie de hormonas y conexiones neuronales que nos hacen, por decirlo así, más guapos, más listos y más proclives a seguir triunfando… Sí, el éxito también se entrena y puede llegar a convertirse en un hábito. Gracias a él nos sentimos tocados por una varita mágica que convierte en oro todo cuanto tocamos. De manera contraria, el fracaso hace que nuestro ánimo se resienta, que nos vengamos abajo y que llevamos, de alguna manera, la derrota pintada en la cara.

El neurocientífico cognitivo Ian Robertson ha sido uno los autores que más ha estudiado el efecto del éxito y el fracaso en el cerebro humano. Sus investigaciones, plasmadas en su libro “El efecto ganador”, intentan establecer patrones que expliquen por qué unas personas tienen más éxito en la vida que otras. Según Robertson, la química cerebral se altera significativamente cuando nos hayamos inmersos en la persecución de un objetivo. Este investigador asegura que los niveles de testosterona en sangre aumentan hasta en un 33% en una situación de juego o competición, algo que hace que se alimente nuestra necesidad de perseguir el éxito a toda costa. De igual modo, también aumentan nuestros niveles de dopamina, hormona que actúa como neurotransmisor del placer. Ambas hormonas trabajando juntas son las responsables de un estado de excitación que hace que parezcamos poco menos que indestructibles. El éxito es, de alguna manera, adictivo y hace que nos comportemos como una especie de yonquis del triunfo.

Otro investigador, Timothy Vickery, profesor de psicología de la Universidad de Delaware, también ha profundizado en los efectos que éxitos y fracasos tienen en los procesos cerebrales. En un artículo publicado en2011 en la revista Neuron señala que la mayor parte de la energía que nuestro cerebro consume diariamente está destinada a procesos competitivos y de mejora en términos de aprendizaje. Un fenómeno que este investigador relaciona con los procesos asociados a la supervivencia, la localización cerebral y la neuromorfología.

Vickery ha demostrado que éxito y fracaso competen a prácticamente a todo el cerebro, es decir, que ganar o perder son cuestiones cruciales de las que es responsable toda nuestra mente, no únicamente una parte. Para demostrarlo, este investigador recurrió a un experimento muy sencillo. Reunió a un número de personas a las que sometió a una serie de juegos simples. Mientras jugaban, los participantes eran sometidos a un escáner cerebral y a una resonancia magnética. En todos los casos, los resultados de estas pruebas mostraron que la actividad cerebral estaba repartida por todo el cerebro.

Así pues, nuestro cerebro no se toma el ganar o el perder como una moneda arrojada al aire, sino que pondrá todos sus medios, como si se tratara de un equipo profesional deportivo, en hacer que esa moneda caiga de cara. En un próximo post veremos qué técnicas podemos utilizar para entrenar a nuestro cerebro en el éxito.

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Tu cerebro puede predecir el futuro (II)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

En la película de Steven Spielberg Minority Report (2002) Tom Cruise interpreta a un policía de una unidad muy especial: la del ”PreCrimen”. Y es que en esta cinta futurista la policía es capaz de combatir el crimen….¡antes incluso de que llegue a producirse! ¿Cómo lo logran? El prodigio lo hacen posible tres mutantes dotados de asombrosas habilidades “precognitivas”. Pues bien, no hace falta acudir al cine de ciencia ficción para encontrarnos con esa capacidad. Todos contamos con ella en alguna medida.

El diccionario define “precognición” como un conocimiento anterior que facilita otro conocimiento. La precognición se halla en el lóbulo temporal derecho, donde se ha estudiado profusamente en relación a las alucinaciones que provocan ciertas patologías como migrañas o algunos casos de epilepsia. Se sabe, por ejemplo, que las precogniciones están conectadas con una hipersensibilidad en el lóbulo frontal derecho del cerebro, y también que existe una relación directa entre la capacidad para generar este tipo de conocimiento y los momentos de gran tensión emocional.

¿Cómo sería el retrato robot de una persona con capacidad precognitiva? Afortunadamente, tiene poco que ver con los mutantes que nos presentaba Spielberg. Son personas perfectamente normales que, eso sí, presentan una serie de rasgos característicos. En primer lugar, demuestran tener una curiosidad fuera de lo normal y se cuestionan permanentemente el statu quo. En ellas, el estrés o la incertidumbre tienen un efecto desencadenante, actuando como aceleradores y facilitadores de la capacidad precognitiva. La explicación a este fenómeno está en que una precognición es un recurso con el que el cerebro se defiende frente a elementos que se escapan a su control.

Las precogniciones también están relacionadas con un fenómeno al que popularmente denominamos Deja vu (en francés, “ya visto antes”).Un Deja vu es una situación aparentemente nueva pero que al experimentarla tenemos la sensación de haberla vivido ya antes. Y así es, en cierta forma. Porque lo que está sucediendo en realidad es que nuestro cerebro trata de encontrar en sus registros patrones similares con los que comprar y asimilar los nuevos escenarios. Esta es la razón por la que cuantas más experiencias acumulamos, más posibilidades hay de que vivamos un Deja vu.

El profesor de psicología y neurociencia de la Universidad de Nueva York, David J. Heeger, ha demostrado que la predicción biológica es crucial en cualquier función cerebral, así como que el cerebro es capaz de completar e interpretar las limitadas capacidades de nuestros sentidos, por ejemplo, de la vista, para captar la realidad. Si no fuera por esta capacidad para procesar, interpretar y anticiparnos a la información sensorial, seríamos incapaces de reaccionar a tiempo frente a los estímulos del mundo. El ser humano no podría ser proactivo porque llegaría demasiado tarde a todo.

El fenómeno de la inferencia cortical consiste en predecir algo para adelantarse a una situación que aun no se ha producido. Es posible gracias a una determinada arquitectura biológica que se nutre de la pre-alimentación (feed-forward), un tipo de sistema que reacciona a los cambios del entorno. Trasladado a comportamientos observables, las personas con gran empatía, es decir, aquellas que son capaces de ponerse en la piel de los demás, han desarrollado mucho los mecanismos de la atención y son capaces de interpretar la realidad más allá de la escueta información que le trasladan sus sentidos. Por esa razón, suelen estar dotadas también de una gran capacidad predictiva.

Nunca como en la actualidad, en estos tiempos acelerados y ultra flexibles, la capacidad precognitiva ha resultado tan vital para la subsistencia. El ser humano precisa adaptarse a toda velocidad a condiciones que cambian de la noche a la mañana. Necesita maleabilidad y anticipación. En este contexto, las personas precognitivas tienen una enorme ventaja. Porque cuando es casi imposible deducir lo que va a deparar el futuro, ninguna habilidad puede resultar más útil que la capacidad para asomarse a él con antelación.

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Tu cerebro puede predecir el futuro (I)

Del Blog “Biología de la normalidad” de Fernando Botella, CEO de Think&Action

Quién no ha experimentado alguna vez la sensación de que algo está a punto de suceder? Nada parece indicarlo ni hay motivos objetivos a la vista que adviertan de la proximidad de ningún suceso, pero, aun así, tenemos la casi certeza de que algo, bueno o malo, se cierne sobre nosotros de manera inminente como un águila a punto de lanzarse en picado sobre su almuerzo. Se trata de una fugaz visión que hace que fijemos nuestra atención en algo que no ha sucedido todavía y que quizá no llegue a suceder nunca.

Hay muchas formas de llamar a este fenómeno: presentimiento, pálpito, corazonada… Y es sintomático que casi todas ellas estén de algún modo relacionadas con el plano emocional. En su acepción médica, un pálpito hace referencia a un incremento en la velocidad del latido del corazón. Un suceso que nos excita o una situación de tensión provocan que aumenta la presión sanguínea y se nos acelere el pulso. Y eso es exactamente lo que nos sucede cuando salta en nuestro interior esa especie de señal de alarma procedente del futuro. Porque, a diferencia de la intuición, que puede referirse también a un acontecimiento del pasado o del presente, el presentimiento se proyecta siempre en lo que está por acontecer, y eso lo convierte en un fenómeno aun más fascinante.

Probablemente la palabra más poderosa para referirse a este tipo de fenómenos sea premonición. Una premonición es la capacidad para percibir algo que no es visible todavía. En otras palabras, las premoniciones pertenecen al ámbito extrasensorial, terreno siempre resbaladizo a la hora de buscar explicaciones racionales. De hecho, ni la ciencia ni el mundo de lo paranormal acaban de echarle el guante a esta rara capacidad que nos pone en guardia frente a posibles sucesos venideros. Las premoniciones son un misterio de principio a fin, y en realidad aun no sabemos a ciencia cierta si su razón de ser se fundamenta en la causalidad –adivinamos porque acumulamos conocimiento y esto nos permite proyectar relaciones causa/efecto- o si son un mero producto del azar.

Y ya sabemos que nada resulta más atrayente para la ciencia que los misterios. Los científicos se han afanado en tratar de domar a los presentimientos, intentando explicar sus causas y mecanismos. Una de las teorías que se han lanzado en este sentido intenta ligar los pálpitos o corazonadas al subconsciente. Su argumento es el siguiente: mientras que el mundo consciente se desarrolla en una línea temporal perfectamente delimitada, nuestro yo inconsciente habita una dimensión ajena a cualquier cuadro de tiempo. Esta es la razón por la que dentro de esa esfera el futuro puede presentársenos en cualquier momento y forma.

Otros estudios localizan esa capacidad para anticipar el futuro en el lóbulo frontal derecho del cerebro, hogar de la creatividad. Se cree, de hecho, que las premoniciones son más frecuentes y fecundas en las personas creativas. Al fin y al cabo, la creatividad no es otra cosa que la capacidad para ver la realidad de manera desacostumbrada para así generar múltiples alternativas. Por eso las premoniciones tienen mucho que ver con las fantasías, con cosas que podrían suceder aunque no tengamos la seguridad de que eso vaya a ser así. En la literatura y el cine las premoniciones suelen asociarse a brujos y chamanes. No es raro, puesto que lo que hace a una persona candidata a experimentar estas visiones es su capacidad para ver realidades que para otros pasan inadvertidas. Sin embargo, sus sueños no tienen nada que ver con pócimas humeantes o danzas rituales, sino con una manera de pensar “fuera de la caja” que les permite anticipar caminos alternativos para interpretar una misma realidad. No son magos, son “precogniscentes”. Aunque eso es algo que veremos en la segunda parte de este post.

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