ESCALAR

¿Desescalada o Escalada?

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Una de las palabras que más se está escuchando estas últimas semanas es “desescalada”. Con ella se resume el paulatino proceso de regreso a la “normalidad”, calificada con el adjetivo de “nueva”; tras estos extraños meses que nos ha tocado vivir.

Bueno…, ¿Y si en vez de planteárnoslo como una desescalada nos lo plantemos como una “escalada”?

Porque si algo nos hace falta en estos momentos es mirar hacia adelante, hacia arriba. Hacia esas cumbres en forma de nuevos desafíos que estamos deseando conquistar. Ha llegado el momento de volver a ilusionarnos, de ponerle toda la pasión del mundo a lo que hacemos. Ha llegado la hora de sacar los arneses y las piquetas y ponerse a escalar. O, traducido a términos empresariales: ha llegado la hora de volver a estar presentes, mucho más que antes, de poner todos nuestros medios para activar nuestro poder de relación con los clientes, para despertar del letargo, para empezar a vender como nunca antes.

En ese proceso de retomar nuestra actividad profesional se produce un importante cambio de matiz. Si hasta este momento hemos seguido trabajando en modo “supervivencia”, ahora ha llegado el momento de cambiar de marcha y poner la velocidad de crecimiento. Y si puede ser de forma exponencial. Se trata de un cambio de actitud en el que se hace imprescindible desechar todos los pensamientos negativos acerca del futuro y adoptar una disposición abierta y proactiva para provocar que las cosas pasen.

Pero para vender, además de la actitud, también necesitaremos contar con una serie de herramientas, un equipamiento competencial que nos ayude a tener éxito en nuestras interacciones con nuestros clientes. Y unas de las que más nos van a ayudar son las habilidades de comunicación. La capacidad para comunicar asertivamente, trasladando con eficacia nuestros mensajes y argumentos para que conecten de manera natural con los beneficios y la finalidad de nuestros clientes, será un “must” en los perfiles comerciales del futuro inmediato.

Sin salir de las habilidades de comunicación, otra herramienta fundamental  es la escucha. Salimos de una etapa compleja que nos ha afectado emocional y económicamente a todos. Y nuestros clientes no son una excepción. Por esa razón, practicar una escucha verdaderamente empática y generativa es fundamental si queremos realmente conectar emocionalmente con ellos. La escucha generativa trasciende los niveles de escucha activa que estamos acostumbrados a manejar. Es una escucha trascendente que está orientada a hacer aportaciones y a trabajar colectivamente con nuestros clientes en la búsqueda de soluciones. La ponemos en práctica cuando participamos, interiorizamos y hacemos nuestras las inquietudes, intereses y necesidades de nuestros clientes, formando equipo con ellos para resolverlos. Es el momento de confiar en los modelos actualizados de venta consultiva.

Generar entornos de confianza y utilizar la empatía es otro elemento clave para reactivar las ventas. Estos entornos suponen, en esencia, ocuparse de tu cliente. Poner tu mirada en él. Se trata de conseguir que sienta que está mejor con nosotros que sin nosotros. Y en ese “ocuparse”, gana importancia la figura del partnership comercial o del vendedor consultivo. Hoy el comercial más exitoso es más un asesor que un vendedor puro terremoto; un comercial que es percibido por su cliente como un verdadero socio y compañero de viaje. Es decir, se erige en una figura capaz de aportar soluciones más allá de las que fija su contrato o la descripción de su puesto, siempre con el foco puesto en aquella que más puede beneficiar a su cliente (¡incuso cuando no sea la suya!).

La perseverancia, como ya lo fue antaño, es otra de las habilidades comerciales imprescindibles en el nuevo contexto. Una cualidad que entronca con la voluntad y la determinación para perseguir los objetivos con foco y autodisciplina. Eso, sí, perseverancia en el sentido de paciencia, no de insistencia. Los tiempos de las operaciones rápidas con resultados inmediatos ya no son una realidad; toca vivir modelos de transacción bajo procesos de maduración de las decisiones lentas y complejas. Mantenerse cerca del cliente, de manera que se sienta ayudado y acompañado en todo momento, pero no presionado, será la mejor manera de generales una verdadera experiencia de cliente.

Por último, los nuevos perfiles comerciales se desenvuelven cada vez mejor en entornos digitales y en la omnicanalidad, aprenden rápidamente de sus errores y son cada vez más autónomos para tomar decisiones ágiles y flexibles, libres del lastre de la burocracia. Habilidades todas ellas cada vez más apreciadas por unos clientes que se desenvuelven en entornos cambiantes e imprevisibles, en modo ágil.

 

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LIDERAZGO CROS-FUNCIONAL

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Un nuevo modelo de liderazgo para equipos auto-dirigidos en ecosistemas ágiles

Si alguna vez has sentido el peso de la responsabilidad sobre tus hombros y la soledad del mando te atenaza, deberías saber que estás sufriendo sin sentido. Porque lo que están pidiendo en la actualidad las empresas a sus líderes es precisamente lo contrario, que no carguen sobre sus hombros con toda esa presión.

…Y no es que las empresas se hayan apiadado de esos pobres jefes sufridores que toman todas decisiones y meten todos los problemas en su mochila a costa de úlceras y divorcios, sino que se han dado cuenta de que este estilo de liderazgo no es efectivo.

En los nuevos llamados ecosistemas líquidos que forman parte de los nuevos modelos de trabajo ágil, se pretende más bien generar modelos de liderazgo redárquico que aprendan a convivir con la estructura organizativa funcional o jerárquica.

¿Por qué? Se me ocurren varias razones.

La primera, menos relevante, es que muchas mentes trabajando juntas llegan más lejos que una sola por brillante que esta sea. La supuesta infalibilidad de los grandes líderes hace tiempo que está en entredicho. Esto ya lo sabíamos cuando hablábamos de liderazgo en modelos más clásicos, funcionales, donde los silos eran lo que más abundaba. No es nuevo.

Las actuales circunstancias del mercado hacen, además, que las empresas pasen con más frecuencia por situaciones de alto riesgo, dubitativas, donde hay que actuar iterativamente, aprendiendo sobre la marcha, obligando a las empresas a imprimir fuertes virajes de timón y a reinventar sus negocios cada vez en menores tiempos de explotación de los mismos. Lo que se ha dado en llamar exponencialmente, tal como explico en mi nuevo libro “Cómo entrenar la mente? Y aprender exponencialmente”.

En estas condiciones de instabilidad, el liderazgo unipersonal puede suponer un freno para la compañía, especialmente por fallar en la relación con los clientes.

Vivimos un momento ideal para desligar, ya para siempre, el concepto de líder del de gestor, aunque este último también tenga que actuar con capacidades de liderazgo. También el liderazgo organizativo está en fase de re-invención.

Frente a la parálisis del líder solitario, los nuevos modelos empresariales apuestan por un liderazgo compartido en el que cada miembro del equipo asume una parte de esa responsabilidad que antes recaía sobre una sola persona, normalmente el jefe o director de proyecto. Se apuesta por equipos auto-dirigidos en los que cada persona sabe perfectamente lo que tiene que hacer y no necesita a ningún guardián, gestor de control, que esté detrás de ella para asegurarse de que cumple con su cometido. El control en este nuevo entorno, cambia por su hermanastra la confianza.

Las ventajas de este modelo son enormes.

En primer lugar, reduce la posibilidad de fallar estrepitosamente y de darnos cuenta tarde, y con mayores costes. El objetivo: que las decisiones son consensuadas entre personas que aportan cada una su punto de vista de experto en distintas áreas. De este modo, los problemas y sus soluciones se abordan desde una perspectiva más rica y multidisplinar; los procesos fluyen con mayor agilidad y el talento colaborativo alcanza su máximo potencial. Además, en las organizaciones de liderazgo en modelo cros-funcional no existe el bloqueo por miedo. Las decisiones se toman con la seguridad de que es toda la organización quien las asume. Y sí, claro que existe la posibilidad de fallo, pero es toda la organización quien asume la responsabilidad en caso de producirse. Y los errores se convierten más rápidamente en aprendizajes cooperativos.

Por otra parte, de nos ser así, metodologías como Scrum, Kanban, Lean, y Hackathon, DevOps, entre otras, es decir,  las llamadas Xpractis, no funcionarian, su implementación sería una auténtica frustración.

Otra ventaja es que, al empoderar los miembros del equipo, estos crecen profesionalmente y, en consecuencia, lo hace también su rendimiento individual y colectivo dentro de la organización. En el plano de la satisfacción laboral, los modelos que brindan altos niveles de autonomía a los trabajadores también presentan mejores resultados en términos de fidelización y atracción de talento.

¿Y qué papel juega el líder formal en este esquema? Si ya no tiene que tomar en solitario las decisiones, ¿qué función desempeña? Una muy importante, la de implementar y canalizar todos esos esfuerzos colaborativos en la dirección adecuada. Se convierte así en un dinamizador o canalizador más que en un marcador de directrices. Más líder coach que nunca. La función del líder consiste más en facilitar e inspirar al equipo que en darles las órdenes sobre lo que tienen que hacer. Cambia el modelo clásico de micromanagement basado en el control a corto por el líder facilitador que hace, como nunca antes, que las cosas pasen.

 

 

 

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PENSAMIENTO DE DISEÑO, MOTOR DE CAMBIO

El pensamiento cartesiano, ese que avanza con la seguridad que brindan un método contrastado y la experiencia colectiva acumulada, es una herramienta fiable para gestionar los cambios evolutivos, los que se producen sin prisa, en el lento desarrollo de la humanidaden sí misma, de los cambios ente generacionales, de los procesos de siempre en el mundo de la empresa, …y un largo etcétera. Pero cuando sobreviene una era de vértigos tecnológicos y a ello se suma la incidencia de una pandemia o cualquier otra adversidad atípica, la velocidad de crucero del método racional es completamente inservible. Se necesitan enfoquesalternativos para atacar lo impredecible. Métodos más veloces y más audaces.

Uno de esos métodos es el pensamiento de diseño.

Original de Tim Brown, CEO de la consultora IDEO. En los años 70, esta metodología ya planteaba abordar todo tipo de problemas y desafíos aplicando la misma fórmula con la que un diseñador se enfrenta a cada nueva creación. La que ya he llamado en otras ocasiones, mente de artista.

Son muchos los rasgos que hacen de esta metodología recomendable para periodos de alta incertidumbre. Una de ellas es que supone insuflar altas dosis de creatividad a campos en los que no suele encontrar hueco porque el exceso de procedimientos lo impiden. Es pensar de manera diferente a la acostumbrada para aportar soluciones nuevas para nuevos problemas. Y también para viejos no resueltos.

Y es que cuando las reglas del juego habituales ya no aplican, es absurdo empeñarse en seguir jugando de acuerdo a ellas. Nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de trabajar…, todo está en continuo cambio, con periodos abruptos de transformación entre otros de aguas tranquilas. Adaptarse, disrumpir y dominar estas nuevas realidades requiere soluciones de diseño, muchas de las cuales están muy vinculadas a la tecnología. Pero otra, no.

Otro de los rasgos que hace al pensamiento de diseño ideal para este moderno Big Bang que vivimos en la actualidad es que no es una metodología de pistoleros solitarios, sino de equipo, de talento compartido. Su estado natural es el trabajo en equipo. Según su filosofía, todas las ideas, por descabelladas que puedan parecer, se trabajan en equipo, se discuten de manera empática, se descartan y se pulen hasta que son seleccionadas las mejores. Un sistema que, sin duda, sería de gran utilidad en la actual situación, en la que a veces se echa de menos más colaboración y esa aportación mutidisciplinar y de puntos de vista divergentes. Lo que ahora llamamos metodologías ágiles. Está de moda, aunque siempre formó parte de la verdadera mente de artista; te dediques al mundo del arte en sí mismo, al del showbusiness, al del comercio retail, a reinventar la sociedad, o al mundo del management y la empresa.

La tercera característica que hace del pensamiento de diseño una herramienta tan de nuestro tiempo es que está totalmente orientada al usuario. Supone un cambio de orientación de 180º  en el que el facilitador de soluciones deja de sacarse conejos de la chistera y reglarlos a un público embelesado, para escuchar lo que su audiencia tiene que decirle y a partir de ahí, de forma empática y en colaboración directa con ella, idea soluciones para sus problemas reales. Este método no solo permite trabajar mucho más pegado a la realidad, sino que es mucho más ágil y eficaz en cuanto a satisfacer las necesidades del usuario final. Ahora se nos llena la boca de denominarlo: experiencia de cliente.

El pensamiento de diseño, la mente de artista, puede ser aplicado a casi cualquier disciplina, por muy técnica que esta sea, pero implica poseer una cierta forma de entrenar la mente para poder pensar disruptivamente, y de aprender metodologías que permitan trabajar adecuadamente en la búsqueda de soluciones que puedan ser transferidas a la realidad. Requiere capacidad para saber ver que detrás de las fórmulas y la lógica otras soluciones más creativas son posibles y merecen ser exploradas. Dicen que situaciones desesperadas necesitan medidas desesperadas. Basta cambiar “desesperadas” por “alternativas” y estaremos bajo la lógica del pensamiento de diseño.

En mi nuevo libro, “¿Cómo entrenar la mente? Y aprender exponencialmente, editado por el Alienta, del Grupo Planeta, comparto varias fórmulas y reflexiones sobre este tema. ¡NO TE LO PIERDAS!

Falso optimismo

Cuidado con los “falsos positivos”

Optimismo y pesimismo son sensaciones que en estos días de adversidad pandémica ven difuminarse sus limites. Pasamos de la euforia al abatimiento, en cuestión de minutos, a un carrusel de emociones en las que apenas nos reconocemos. Y vemos cómo personas a las que siempre tuvimos por positivas se vienen abajo ante los acontecimientos, comprensiblemente, porque son graves en algunos casos, y en otros casos, sin embargo, viendo el lado más oscuro de la situación se muestran sorprendentemente enteros y animados. Estos vaivenes emocionales serían difícilmente explicables en otras épocas, pero la excepcionalidad del momento los encuadra dentro de esa llamada nueva normalidad en la que ya nos encontramos. En realidad no hay nada de extraño en que optimistas y pesimistas se mezclen e intercambien papeles estos días. ¿Quien no ha tenido buenos y malos días desde que todo esto empezó? ¿Y antes?

Sin embargo, hay una tipología de comportamiento emocional que no solamente está presente en momentos de adversidad, como es el caso de esta crisis sanitaria, sino que abunda en toda situación, y que sí puede resultar peligrosa, tanto para sus protagonistas como para las personas que tienen a su alrededor.

Me refiero a los optimistas tóxicos o también llamados falsos positivos.

El concepto de ‘positividad tóxica’ fue desarrollado hace unos años por el psicólogo Konstantin Lukin, refiriéndose a un optimista tóxico como a esa persona que cree que hay que mostrarse positivo a toda costa, pase lo que pese y sean las circunstancias que sean. El optimista tóxico no tolera nada que no sea mostrar una confianza ciega en que las cosas van a ir bien…, aunque vayan mal. Exagera tanto su perenne sonrisa que su positividad pierde credibilidad y puede acabar provocando el efecto opuesto al pretendido.

Estas personas utilizan el optimismo para esconderse de la realidad y de sus propias emociones. Al mal tiempo le ponen buena cara, pero no como actitud para enfrentarse mejor a las adversidades, sino como una mascara que le impida verlas. Pintan la realidad como no es

Y se quedan presos de una fantasía. Confunden imaginación, la característica que nos hace más humanos y que nos permite, siendo conscientes de la realidad presente, crear nuevas realidades, con fantasía que no es más que pseudo-crear irrealidades paralelas.

Otra de sus características es que no dudarán en retorcer los hechos y en engañarse a sí mismo para lograr convencerse de que todo irá bien. En lugar de contemplar la realidad en su totalidad, y analizarla para mejorar, toman sólo aquellas partes que se acomodan a su esquema, …y lo demás, lo que no les interesa, como si no existiese. Se ponen, así, unas gafas de visión deformada que les impiden ver las diferentes opciones o salidas que tienen a su alcance para resolver un determinado desafío. Las consecuencias de este sesgo perceptivo son nefastas para estas personas, porque dejan de ser consientes de sus errores y ven cercenada su creatividad.

Esa pésima gestión de sus emociones y sus expectativas hace que se autoengañen poniéndose metas irrealizables. No saben calibrar bien ni sus posibilidades reales de éxito ni la envergadura de las  dificultades que encontrarán por el camino. Como resultado de esta pérdida de noción de la realidad, se acaban frustrando, enfadando y, finalmente, derrumbando.

Es fácil identificar a este tipo de personas porque suelen llevar la expresión de sus emociones hasta el limite. La irrealidad de su universo positivo les hace pasar por estados emocionales extremos, transitando del cielo al infierno en poco tiempo. Son esos histriónicos personajes que le gritan a los cuatro vientos que están enamoradísimos, motivadísimos, felicísimos… hasta que se dan de bruces con la realidad y pasan a estar abatidísimos y enfadadísimos. Son personas acostumbradas a moverse por el mundo de los “ismos”, y los “ísimos”; ambos finales de palabra suelen ser malos consejeros.

En oposición a este optimismo sin sentido está el optimalista, es decir, el que posee una visión positiva de la realidad, repito…, de la realidad . No habita en el mundo de Mr. Wonderful”.

Este tipo de persona no es un radical de la sonrisa, sino que tiene la suficiente sensatez para dejar que sus emociones salgan a relucir con naturalidad. Ante una mala noticia, dejará que la tristeza o la preocupación afloren en su justa medida. Pero lo que no hará será dejar que le bloqueen. Su positivismo les permite encarar la realidad, aunque sea adversa, con buena disposición para hacerle frente. Encajan los golpes y sacan fuerzas y aprendizajes de cada uno de ellos. Se fijan metas realistas y se plantean alcanzarlas desde la desde la fe, la esperanza, con guía, plan, hechos, y rebosantes de confianza.

En cualquier periodo de incertidumbre, mantener una actitud positiva es un buen punto de partida para reinventarse, se haya producido crisis o no. Pero cuidado, sin caer en el autoengaño del “todo va ir bien”. Porque el positivismo ciego y crónico también puede ser muy perjudicial para la salud. Ser un falso positivo.

El optimismo también se entrena.

ENTRENAR LA MENTE FOTO

Entrenar para ser mejor manager

Fernando Botella, CEO de Think&Action

Una cuestión que siempre nos ha preocupado es el cuidado del estado físico. Los entrenamientos, bien sean en el propio domicilio con bicicletas estáticas, pesas o siguiendo distintas rutinas de ejercicios, o en el gym están incorporados como rutina en el día a día de muchas personas. Incluso en momentos de tener que quedarnos en casa, la imaginación y la voluntad están haciendo posible que no sea un impedimento para mantenerse en forma, para dejar de entrenar.

Sin embargo, hay un elemento a entrenar tan fundamental como el de la condición física y que no se está, en general, cuidando tanto: el ENTRENAMIENTO MENTAL y el ENTRENAMIENTO DE HABILIDADES COGNITIVAS.

Más que nunca, en esta NUEVA NORMALIDAD, necesitamos mantener nuestra mente alerta y activa. Porque el escenario que nos aguarda cuando esta alarma termine requerirá de grandes dosis de liderazgo, capacidad de ejecución e innovación. Y todas esas capacidades necesitan de entrenamiento para desarrollarse de forma acertada.

En mis charlas y talleres suelo decir que la magnitud de mi ignorancia es infinitamente exponencial. Es una máxima en la que creo firmemente y que me ha servido de guía a largo de toda mi carrera. ¿Por qué? Porque cuando estás convencido de que tu ignorancia es inacabable, te sitúas automáticamente en posición de aprendizaje. En otras palabras, cuando no te crees que ya lo sabes todo es cuando puedes empezar a estar aprendiendo siempre.

De hecho, el “ yo eso ya lo sé ” es probablemente la frase que ha iniciado más problemas en la historia de la humanidad. El “ ya lo sé ” es el principio del fin profesional para cualquier líder, de la misma forma que el éxito, en sí mismo, es una de los principales factores de fracaso. Cuando crees que ya has llegado a la meta y que tienes todas las respuestas es cuando sueles empezar a hacer las cosas peor de cómo las hacías, cuando te conformas y te vuelves mediocre. Hay que huir del conformismo a toda costa. Porque las mentes conformistas sólo son capaces de conectar con el pasado, y eso es justo lo contrario de lo que está demandando en mundo del management actual.

Para aprender y crecer, tanto en talento como en actitud y en habilidades, es imprescindible salir del “ ya lo se ” y abrazar la propia ignorancia como una de las mayores ventajas competitivas que podemos tener. Hay que vivir abiertos al descubrimiento, a dejarnos sorprender y asombrar por lo nuevo para nutrir con ello nuestro talento. Hay que vivir en estado de “ ¡wow! ”

La mente del ser humano y lo que contiene (conocimientos, habilidades, formas de hacer las cosas y de ver la realidad) no es un ente fijo, está en continuo estado de cambio, de avance. Por eso necesitamos entrenar de manera continua. Entrenar  la mente es aprender a disponerla para la eventual llegada de nuevas realidades y para reinterpretar las ya conocidas. Consiste en huir del conformismo y los caminos conocidos para dejar espacio a otros nuevos. De esta manera estaremos en posición de adquirir nuevos conocimientos y habilidades, de transformar las que ya teníamos, y, así, conectarnos con el futuro.

 

arte-y-musica

El momento de las tres ‘marías’

Fernando Botella, CEO de Think&Action

¿Os acordáis de la época de colegio? De pequeños solíamos establecer distintas categorías de asignaturas en función de su grado de dificultad y también de la importancia relativa que tanto nosotros como nuestros padres considerábamos que tenían en nuestra educación. Por un lado, teníamos las asignaturas “hueso” o “serias”, que eran las que realmente contaban. Ya sabéis: las Matemáticas, la Lengua, la Historia, la Biología, las Ciencias Sociales, el Inglés, … Y luego estaban las materias que llamábamos las “marías”, o sea, aquellas otras disciplinas de segunda fila que estudiábamos no se sabía muy bien por qué, (quizá para ayudarnos a subir la nota media), que no eran demasiado difíciles, pero que tampoco estaba muy claro que fueran a marcar nuestro provenir ni a servirnos de mucho en nuestra vida de adultos. El título honorífico de “maría” se lo otorgábamos, por ejemplo, a la educación física, a la música o a los trabajos manuales.

Muchos autores están estos días hablando de la relevancia que estas, llamadas “marías” están cogiendo en tiempos de confinamiento y adversidad.

Yo añado, … y lo que nos están enseñando.

Curiosamente, en estos extraños tiempos que nos está tocando vivir no son las matemáticas o la lengua los recursos a los que estamos recurriendo en nuestro día a día, aún no habiendo perdido su importancia como materias troncales; sino que son aquellas asignaturas de relleno, o ‘marías’, las que nos están salvando.

¿Quién nos lo iba a decir? Muchas de las actividades que realizamos tienen que ver precisamente con aquellas disciplinas  físicas o artísticas a las que tan poca importancia dimos en su momento.

En estos días asistimos a fenómenos curiosos.  Vemos, por ejemplo, cómo personas que cuando tenían la ciudad entera para salir a correr o un gimnasio equipado con todos los aparatos a la vuelta de la esquina no hacían deporte, ahora, en cambio, han sacado del trastero la bicicleta estática y no perdonan sus diez kilómetros diarios, o son absolutamente disciplinadas con su tabla de ejercicios en el salón de casa con la ayuda de almohadones y botes de lentejas haciendo las veces de mancuernas. O cómo quien más o quien menos desempolva la guitarra el violín, la gaita y hasta la misma flauta dulce que usaba en el cole y las saca al balcón para amenizar con ellas, (mejor o peor), a sus vecinos, o se hace un vídeo que luego sube a las redes sociales. O cómo el dibujo y las manualidades también están teniendo un papel protagonista en estos días, especialmente para aquellos que tienen hijos. Desde pintar huevos de Pascua, hasta esos carteles con arco iris con los que decoramos las ventanas. Son diversos los proyectos que están sacando al artista que todos llevamos dentro.

Dibujo, trabajos manuales, música, educación física, …todo “marías” que nos están enseñando el valor de la creatividad en las relaciones humanas en momentos de dificultad, el cuidado del cuerpo como el “envase” contenedor del espíritu, la necesidad de disponer de elementos de realización personal y artística para la sentirnos más humanos y relacionarnos con los demás que aporta la música cada noche en los balcones o desde casa, el trabajo en equipo, a la hora de sentarnos a cocinar ese nuevo plato en la cocina, a descubrir juntos qué pasaría sí mezclamos este ingrediente con este otro.

Ojalá pasado este confinamiento no se nos olviden el valor que deberán segur teniendo estas “marías” en la vida de la empresa, y también de la educación.

Estas actividades, ahora, nos sirven de tabla de salvación porque nos relajan, nos entretienen, nos mantienen activos, nos apartan de los pensamientos negativos y, sobre todo, nos conectan con nuestro entorno. Algo fundamental en estos tiempos de aislamiento. Y, como decíamos, fomentan la creatividad, el trabajo en equipo y la generación de nuevas formas de relación, esas que establecemos de manera generosa con nuestros vecinos desde los balcones en forma presencial, y con el resto del mundo a través de la tecnología.

Ahora que no podemos vernos ni tocarnos, es cuando más valor le damos al colectivo y al sentido de comunidad.

Y todo gracias a esas disciplinas “marías” a las que tan poca importancia dimos cuando las estudiábamos y que ahora, sin embargo, cobran pleno sentido.

¡Gracias tres ‘marías’!

 

sadness to happiness

Acéptalo con buena cara, 2 + 2 son 4

Ya nos recordaba Dostoyevski que “la naturaleza no nos pide permiso”, no le importan tus deseos, ni si te gustan sus leyes o no. Estamos obligados a aceptarla tal como es, como decide comportarse con nosotros, los seres que la poblamos.

Parece una obviedad, pero una vez aceptas la imposibilidad de cambiar ciertas cosas que claramente te superan, y que no están bajo nuestro control, te quitas de encima un peso considerable. Porque tratar de derribar un muro a puñetazos no solo es terriblemente frustrante, sino que te puede dejar las manos destrozadas.

Eso sí, que aceptemos que no vamos a poder derribar el muro no quiere decir que no podamos tomarnos esa contrariedad o adversidad desde una perspectiva positiva. No necesariamente optimista, (nosotros querríamos derribar ese muro a puñetazos, no lo olvidemos), pero sí positiva. Solo así podremos empezar a buscar alternativas (¿rodearlo?, ¿buscar herramientas?, ¿pintarlo para que, ya que se tiene que quedar ahí, sea más agradable a la vista?), ante aquello que no está en nuestro poder cambiar.

Esa actitud positiva ante lo que nos viene dado y no podemos modificar por mucho que nos empeñemos en ello es lo que los expertos en conducta social llaman “optimalismo”. Su origen se remonta a la antigua Grecia, dónde fue uno de los rasgos definitorios de la filosofía aristotélica, en oposición a la concepción platónica del destino del hombre. Mientras que este último sostenía que todo estaba escrito previamente en el cielo y que al ser humano no le quedaba otra alternativa que no fuera la de la resignación y, el pensamiento aristotélico estaba mucho más apegado a la tierra. Aristóteles invitaba a fijarse más en aquellos aspectos terrenales que sí se podían modificar para tratar de moldear nuestra realidad a través de nuestra acción sobre ellos. Es decir, aceptamos, no nos resignamos, y desde ahí, actuamos. La acción como búsqueda de una resolución ante la adversidad que, de entrada, parece inmutable.

El optimaslismo va más allá del pesimismo o el optimismo. Una persona pesimista es alguien que programa su mente en clave negativa y se instala en la inacción. No deja de boicotearse a si misma, buscando motivos que justifiquen su futuro fracaso. En el otro extremo está el optimismo enfermizo de quien no soporta que las cosas no sean de color de rosa y se niega a aceptar que algo pueda salir mal. El optimista que no conecta con lo que esté sucediendo y no puede cambiar, pintando su mente de color de rosa lo que no corresponde, se convierte en un necio que cierra los ojos ante la realidad.

El optimalismo trasciende a estas dos visiones.

Lo que viene a decir es que ya nos sintamos animados o abatidos ante una realidad dada, si la aceptamos, siempre podemos abordarla de una forma positiva para empezar a construir sobre ella. La aceptación se diferencia de la resignación en que, mientras que esta te asienta casi inevitablemente en el resentimiento, la queja y el victimismo; la aceptación se centra en la esperanza, en la búsqueda de alternativas que conecten con soluciones, en el cambio, en la posibilidad permanentemente abierta de que las personas tomemos decisiones o hagamos las cosas de un modo diferente.

La aceptación nos eleva como seres humanos y tiene efectos positivos incluso a nivel biológico. La aceptación hace que aumenten nuestras defensas, se incrementen nuestros niveles de las hormonas del bienestar, tipo serotonina, mejora nuestro sistema inmunológico, y nos hace estar mejor preparados para manejar la presión del entorno. Esto, que no es motivo de este post, ha sido demostrado en numerosos estudios científicos en las últimas décadas.

También, desde la aceptación, nuestra forma de relacionarnos con el miedo es diferente. En estados de resignación el miedo es tóxico. Es un miedo mental que nos paraliza y nos impide actuar. Le llamamos temor. En estados de aceptación optimalística, en cambio, el miedo adopta una forma puramente biológica. Es un miedo imprescindible para la supervivencia, necesario porque nos mantiene alerta. El tipo de temor físico que estos días nos lleva a lavarnos las manos a menudo, a mantener la distancia de seguridad cuando bajamos a la compra o a usar guantes y mascarilla, es un miedo necesario. Sin embargo, evita el miedo paralizante, que nos hace estar encerrados en nosotros mismos pensando que se avecina el fin del mundo, … si me permiten exagerar.

Sentir un poco de miedo es natural y necesario. Lo malo es cuando es el miedo el que nos tiene a nosotros. ¿Qué significa ser valiente para el optimalista? Mostrar coraje (palabra que etimológicamente procede de la latina “cor-cardia” – el corazón por delante- ). La valentía no consiste en no tener miedo, sino en luchar para vencerlo, en conquistarlo.

Otra característica del optimalista es que, sin dejar de mirar al futuro y poner sus esperanzas en él, nunca deja de preocuparse por resolver las situaciones del presente. Eso, además de mantenerlo activo y alerta, le permite empezar a construir su propio futuro desde ese presente.

Y, lo mejor, el optimalismo se puede entrenar. Se trata de aprender a entrenar la mente para saber conectar con la realidad y generar visión positiva de ello, enfocada a la acción.

El optimalista es un viajero que, sin perder de vista el destino, sabe disfrutar de cada momento del viaje, aún sabiendo que ahora toque atravesar un túnel, ausente de cierta luz.

 

 

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Pensamiento disruptivo, … Para días disruptivos

La nueva normalidad está suponiendo un redescubrimiento de nosotros mismos tanto en el terreno profesional, como en el personal.

Somos legión los que estamos haciendo de la adversidad virtud, aprovechando estos días de confinamiento, a lo que prefiero llamar retiro, porque si cambio el término y el modo de nombrarlo me encuentro mejor. Ha cambiado nuestra actividad “normal”, a la que estamos acostumbrados, para pasar a ocupar nuestro tiempo de vida y profesión explorando nuevas y apasionantes oportunidades vitales y de negocio; para llevar a cabo esos planes que las urgencias cotidianas pre-coronavirus nos impedían poner en práctica, y para lanzarnos de cabeza y sin paracaídas a otras aventuras que seguramente, en otras circunstancias, ni siquiera habríamos contemplado en nuestro menú de cada día.

Situaciones extraordinarias exigen medidas extraordinarias.

Por esa razón, creatividad e imaginación son seguramente las herramientas más valiosas para cualquier profesional en tiempos convulsos como estos.

Es ahora cuando hay que atreverse a mirar la realidad de forma desacostumbrada. Porque los entornos no elegidos y no tan positivos, son también caldo de cultivo para el surgimiento de nuevas alternativas.

Lo estamos viendo constantemente estos días y en diferentes niveles. Desde las personas que están descubriendo ahora las ventajas del teletrabajo, hasta los profesionales que están adaptando a toda velocidad sus negocios a estos parámetros que nos marca el virus, por ejemplo, trasladando a los entornos digitales, a través de webminars, videos y otros formatos, los productos y servicios que están prestando de manera presencial.

La tecnología está jugando un papel determinante en este proceso de reinvención, y está siendo una tabla de salvación para muchos negocios. Con el efecto colateral, además, de que esta crisis está sirviendo para meter una velocidad más al imparable proceso de transformación digital de los negocios. Y precisamente son los mas rezagados en esta carrera, las pequeñas empresas y los profesionales autónomos, quienes más se están viendo beneficiados de este ‘chute’ de digitalización que nos impone el confinamiento.

El manual de primero de incertidumbre es muy claro al respecto. El conformismo o la inacción son pésimos aliados en situaciones difíciles. ¿Qué mejor momento para sacar al aventurero que llevamos dentro que cuando las circunstancias reclaman dar lo mejor de nuestros mismos? Aunque no pueda parecerlo, ahora también es tiempo de probar nuevos productos, de cuidar a nuestros clientes y de captar nuevos, de establecer alianzas, de trabajar colaborativamente de iterar, de atreverse a hacer cosas diferentes.

El ambiente además es propicio para los exploradores. Un ejemplo, nunca antes LinkedIn había estado tan abierto a recibir con los brazos abiertos nuevas ideas y propuestas.

Hay una corriente de solidaridad y de generosidad que trasciende el puro sentido del negocio. Se trata de crear un nuevo ecosistema de energía colectiva que siente las bases para o que venga después.

En ese contexto, se está produciendo la mágica conjunción de dos tipos de situaciones, profesionales en los que confluye una doble vertiente, la de la reinvención a través de nuevas ideas, y la de la curiosidad para recibir y considerar las propuestas de los demás. Un círculo virtuoso del que pueden -y, de hecho, ya están surgiendo.- muy buenas oportunidades de crecimiento para todos.

No se trata de ser neciamente optimista.

No se puede ocultar que la economía está atravesando un momento muy difícil y que son muchos los que ya están sufriendo y sufrirán sus consecuencias.

Pero sí, positivo. Y valiente. Valiente para darse cuenta de que si el coronavirus nos cierra puertas, también nos invita a cruzar otras que antes de su llegada tal vez no nos atrevíamos a abrir.

 

 

 

 

 

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APRENDIZAJES QUE NOS DEJA UN VIRUS

La llegada del COVID-19 a nuestras vidas está siendo un huracán de cambios de proporciones inimaginables incluso para los que, como el equipo de Think&Action, estamos habituados a vivir el cambio permanente como un elemento cotidiano y que, por nuestra profesión, ayudamos a otros a surfear los cambios con naturalidad y sin dramas. Pero esta crisis, que no es sólo sanitaria, sino social y económica, supera con mucho cualquier medida y previsión, obligándonos por las malas y sin elección a reinventar nuestra capacidad de aceptación, de adaptación y de respuesta.

La buena noticia es que, pasado el shock inicial, la sociedad ya ha puesto en marcha todos sus mecanismos individuales y colectivos para enfrentarse a esta amenaza. Y, aunque en medio de la tormenta es difícil ponerse a pensar en más allá de lo inmediato, eso debería incluir empezar a dejar un espacio para la reflexión acerca de lo que deberíamos hacer a partir del día uno, post coronavirus. Porque, aunque ahora mismo no podamos visualizarlo, esta crisis también nos está dejando lecciones valiosas para el futuro. De lo contrario, muchos de estos enormes esfuerzos que todos estamos realizando no serán útiles para aprovechar oportunidades de futuro.

Pero para que eso sea posible, lo primero es comprender la naturaleza del momento incierto que estamos atravesando. La incertidumbre ha formado parte desde siempre de nuestra vida, …eso ya lo sabemos.

En eso consiste el vivir.

El ser humano está acostumbrado a vivir en entornos inciertos.

Así ha sido en las últimas décadas, fruto especialmente de la globalización y de la revolución tecnológica. Sin embargo, el modo en el que con vivimos con la incertidumbre en la situación actual, debido al ataque del virus, presenta algunas particularidades que la hacen especial.

Hay un tipo de incertidumbre que forma parte de la normalidad de la vida para la que estamos, hasta cierto punto, preparados.

Es decir, a nadie le gusta perder su trabajo, sufrir una separación de pareja o tener que afrontar un desembolso económico grande por un gasto inesperado. Pero, en cierta forma, asumimos que esos riesgos forman parte del juego de la vida y podemos anticiparnos a la incertidumbre que generan, y adaptarnos a nuevos modos de gestión. Y lo mismo podría decirse a nivel empresarial, donde pérdidas, despidos o crisis reputacionales son como esas temidas casillas de la cárcel del juego del Monopoly o de la Oca, compañeros de viaje incómodos pero tolerables y asumibles, viejas barreras que encontramos en el camino cuando menos lo esperamos, pero que son conocidos, sabemos el modo en el que se comportarán.

Sin embargo, existe otro tipo de incertidumbre para la que difícilmente estamos preparados. Entraría en esa categoría que el investigador libanés Nassim Taleb denomina “cisnes negros”, acontecimientos totalmente imprevisibles que además tienen un enorme calado social a nivel planetario, tales como fueron las Guerras Mundiales, los atentados del 11-S o la actual crisis del coronavirus.

Existen diferencias y similitudes entre estos dos tipos de incertidumbre, las conocidas, aunque no esperadas y los llamados “cisnes negros”.

Se parecen en que ambas se producen en un momento inesperado.

Se diferencian en la manera en que nos relacionamos con ellas.

Mientras que para las incertidumbres que podríamos calificar de cotidiana, las personas y las empresas cuentan con numerosas herramientas para enfrentarse a ellas, porque ya las han vivido antes o conocen casos similares que les sirven como referente; con los llamados “cisnes negros” no sucede así. Nadie podía esperar una pandemia tan virulenta y global, como tampoco nadie podía esperar tener que recluirse en casa con su familia durante semanas, o puede que meses. Y nadie, en realidad, sabe muy bien cómo gestionar esta situación de forma excelente porque, además de inesperada, esta situación también es inédita.

Al no haber precedentes de algo así, es imposible estar preparados para ello. La ‘preparación’ la tenemos que empezar a construir sobre la marcha, mientras ocurre. Diferente será cuando, en el futuro, lleguen nuevas pandemias.

Kant decía que el cerebro humano más inteligente es aquel que es capaz de gestionar mejor la incertidumbre. Y esta máxima es válida también para estos tiempos tan complejos. Esa gestión incluye la capacidad de incorporar aprendizajes valiosos para el futuro. Elementos que no sólo nos ayuden a sobrellevar estos días de confinamiento, teletrabajo y bajada de actividad, sino que nos sirvan para aprender, crecer en lo personal y profesional, que podamos incorporarlos con éxito a nuestro archivo provocado por los diferentes “cisnes negros.

Estos son para mí algunos de esos aprendizajes:

Diferenciar Ruido de Conocimiento. Son días de sobreinformación, de actualización de datos de forma permanente, de noticias de todo tipo. Y es lógico; “el público” estamos inquietos y necesitamos satisfacer la incertidumbre con información. El problema es que junto a los verdaderos expertos que aportan luz, están surgiendo multitud de voces menos autorizadas que también quieren hacer oír su punto de vista.

Pero hablar de lo que no se sabe e introducir datos que no aportan valor, lo único que consigue es alimentar la incertidumbre. Un ejemplo son esos nuevos psicólogos, nada formados para ello, que aparecen en cualquier red social, dándonos consejos y proponiéndonos terapias que nos confunden. No me refiero al acompañamiento social que unos nos hacemos a otros, ni de la oferta de conocimiento, de aquellos que lo tienen, al resto de personas, para tranquilizarnos, para divertirnos en este momento de confinamiento. Me refiero a los creadores de bulos, de fake news, que crean ruido social dañino.  Es importante que los que alimentan el ruido callen y dejen hablar a quienes tienen realmente algo que aportar, sea por talento o por humanidad.

Autorresponsabilidad. Uno de los males de nuestro tiempo es la facilidad con que las personas nos escudamos en normas o en el criterios de otros para cumplir o dejar de cumplir con nuestras obligaciones. Lo hemos visto demasiado a menudo durante estos primeros días de la crisis, cuando mucha gente desoía las advertencias sanitarias y seguía saliendo a la calle a hacer deporte, pasear o irse de fiesta. Muchos se justificaban en desconocimiento, en que aun no había entrado en vigor el estado de alarma o en la ausencia de multas. Pero no necesitamos a ningún policía para saber cual es nuestra responsabilidad y empezar a predicar con el ejemplo. Esta crisis debe servirnos para madurar en ese sentido. ¿Por qué, de una vez por todas, no aprendemos a vivir en nuestra zona de influencia? ¿Por qué dependemos para ser responsables de las circunstancias que otros nos marcan en lugar de poner toda la fuerza sobre las que están bajo nuestro poder?

Calma. La paz y el sosiego son actitudes mucho más productivas para gestionar la incertidumbre que la agitación y los ánimos encendidos. Calma no entendida como sinónimo de ‘pasotismo’, sino como una actitud clave para ‘activarse’ frente a la adversidad. La calma no es inacción. La calma es vivir los hechos con paz interior. Asumiendo lo que no se puede cambiar, sin resignación, aceptando la realidad, y añadiendo a la misma la mejor versión y actitud positiva posible. La calma, la serenidad, es la fuerza motora más potente para atender los estados en los que requerimos de paciencia.

Fuerza de lo colectivo. No hay que olvidar que la incertidumbre es un estado mental provocado por hechos reales. La activa la realidad (el virus), pero se gestiona desde un estado mental. Por eso es importante entrenar la mente de forma adecuada. Un concepto importante en este entrenamiento es el de toma de conciencia. No solo a nivel individual, la de mi actitud, mi aportación y mi capacidad de resistencia, sino también como colectivo. La verdadera resiliencia consiste en salir fortalecidos de esta crisis. Y hacerlo juntos es la mejor manera. El reflejo de esto lo estamos viendo durante estos días en los balcones de toda España en forma de aplausos, canciones y otras muestras de interacción grupal. También lo vemos en los medios de comunicación social, especialmente en las redes sociales.

Sentido del humor. Provocado por la disponibilidad positiva de nuestra mente ante los hechos a los que nos enfrentamos. Mantener una actitud positiva es otra de las claves en periodos de incertidumbre. Positiva pero no necesariamente optimista. Porque el optimismo necio, en el que se empeñan algunos, no deja de ser un cerrar los ojos ante la realidad. Y eso sólo conduce a la frustración y a la irritación social. ¿Cómo vamos a ser optimistas ante las muertes o el desplome de la economía? Pero sí debemos contemplar esta realidad con positivismo, que nos permitirá salir antes del desastre que un virus nos está provocando y afrontar el futuro con una visión lucida y desde la acción. Desde ahí vamos a poder ser más generosos con nosotros mismos y con los demás. No perdamos la fe en el futuro porque perderemos la fuerza en este momento presente.

Acción. Las circunstancias mandan y nos han impuesto una pausa, una ralentización. Pero la incertidumbre no se trabaja desde una posición de stop. No sólo Europa, el mundo, en su globalidad, se encuentra en estado de alarma, lo cual no significa que debamos inmovilizarnos. Desde nuestras casas estamos dando lo mejor de cada uno de nosotros, de nuestro saber hacer, agudizando el ingenio para entretenernos en las largas horas de confinamiento, para que los niños se diviertan, aunque no puedan ir al parque, y sigan estudiando, para hacer ejercicio físico, aunque ya no haya gimnasios, para reinventar y sacar adelante nuestros negocios, … Mantenernos activos es la mejor manera de mirar hacia el futuro. 

Y sacar partido, ahora más que nunca, a nuestro poder más humano y valioso: la imaginación.

Solidaridad. Paradójicamente, en una situación de distanciamiento social y en la que los contactos físicos se han visto reducidos a la mínima expresión, es cuando más íntimamente nos sentimos conectados con los demás. Una corriente de solidaridad recorre el país, y el mundo; la vemos a diario con las permanentes muestras de reconocimiento a los colectivos que más de cerca están combatiendo la enfermedad. Y también con las iniciativas de empresas e individuos para tratar de arrimar el hombro. Ese reconocimiento, generosidad y empatía son valiosas enseñanzas a aplicar en el mundo de la empres, las organizaciones sociales, la política, y un largo etcétera, cuando todo esto pase.

Coraje. Ser valientes no consiste en no tener miedo, sino en afrentarse a él, en coger al toro por los cuernos. Estas situaciones nos sirven para darnos cuenta de lo frágiles que somos. Son una cura de humildad, pero también una oportunidad para hacernos grandes plantándole cara a los problemas. El término coraje nace de “cor-cardia”, el corazón por delante. Algo que todos estamos viendo estos días. Aprendamos del personal sanitario, que demostración de coraje, incluso en muchas ocasiones no disponiendo de los medios necesarios. El coraje de enfrentarse al virus con trajes hechos con bolsas de basura o mascarillas de papel, cuando no hay otros recursos a mano. Aprendamos, en el futuro a centrarnos en qué si podemos hacer con lo que tenemos.

Agilidad. Más que nunca, la agilidad de respuesta y de adaptación adquiere una importancia capital. Hay que tomar decisiones difíciles, con recursos limitados y sin contar con todos los datos, y hay que hacerlo a toda velocidad porque nos va la vida en ello. Y por ello no dejamos de ser excelentes. Aprendiendo de los errores. Creciendo de forma iterativa.

Ojalá todas estas valiosas enseñanzas no se queden en meros recursos de emergencia mientras dura esta crisis, sino que perduren y nos sirvan como vacuna para enfrentar el futuro. Ojalá no pase como ocurre con el espíritu navideño, que nos dura únicamente entre el periodo comprendido de la Noche Buena y los Reyes Magos, sino que, en este caso, lo aprendido durante la crisis, y muy especialmente la solidaridad entre las personas, sirva para que todo lo bueno se prolongue en el tiempo, como algo que debe perdurar para siempre.